10 Poemas del Neoclasicismo                

El neoclasicismo es uno de los movimientos artísticos más influyentes de la historia que hoy en día sigue vigente. La característica principal de esta corriente es la belleza en su esencia más pura. En este artículo te mostramos 10 Poemas del Neoclasicismo.

Esta corriente inicia en el siglo XVIII de la mano de la influencia griega y romana de la edad antigua. El neoclasicismo de la época surgió en conjunto con las nuevas tendencias políticas que se abrieron paso en una modernidad que no se había conocido hasta el momento. La principal base sociológica del neoclasicismo antiguo fue la secularidad de los gobiernos y la educación, los valores serían establecidos alejados de la Iglesia, y la practicidad y funcionabilidad de las obras e inventos serían la tendencia primordial en los desarrollos que se llevarían a cabo.

Para el arte y la arquitectura sería uno de los movimientos que más tenemos presentes hoy en día, un ejemplo de eso lo podemos ver en las hermosas estructuras arquitectónicas inspiradas en las edificaciones de la Antigua Grecia, como la Casa Blanca en Estados Unidos, el Museo Nacional del Prado en España, la Iglesia de la Madeleine en París, y el Capitolio de Estados Unidos. Estas estructuras son ejemplos perfecto de lo que representa el neoclasicismo. La literatura fue una de las corrientes con más impulso, con escritores a la altura de Juan Meléndez Valdés, Andrés Bello, Voltaire, Montesquieu, Jean-Jacques Rousseau. Más adelante veremos los poemas más representativos de esta corriente.

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10 Poemas del Neoclasicismo

10 Poemas del Neoclasicismo                

1. Epístola dedicada a Hortelio de José Cadalso

Desde el centro de aquestas soledades,    

gratas al que conoce las verdades,                       

gratas al que conoce los engaños                          

del mundo, y aprovecha desengaños,                

te envío, amado Hortelio, ¡fino amigo!,                            

mil pruebas del descanso que concibo.

Ovidio en tristes metros se quejaba                    

de que la suerte no le toleraba              

que al Tíber con sus obras se acercase,               

sino que al Ponto cruel le destinase.                   

Mas lo que de poeta me ha faltado                     

para llegar de Ovidio a lo elevado,                        

me sobra de filósofo, y pretendo                         

tomar las cosas como van viniendo.    

2. A Dorila de Juan Meléndez Valdés

¡Cómo se van las horas,

y tras ellas los días

y los floridos años

de nuestra frágil vida!

La vejez luego viene,

del amor enemiga,

y entre fúnebres sombras

la muerte se avecina,

que escuálida y temblando,

fea, informe, amarilla,

nos aterra, y apaga

nuestros fuegos y dichas.

El cuerpo se entorpece,

los ayes nos fatigan,

nos huyen los placeres

y deja la alegría.

Si esto, pues, nos aguarda,

¿para qué, mi Dorila,

son los floridos años

de nuestra frágil vida?

Para juegos y bailes

y cantares y risas

nos los dieron los cielos,

las Gracias los destinan.

Ven ¡ay! ¿qué te detiene?

Ven, ven, paloma mía,

debajo de estas parras

do leve el viento aspira;

y entre brindis suaves

y mimosas delicias

de la niñez gocemos,

pues vuela tan aprisa.

3. La Henriada (fragmento) de Voltaire

    Es escrúpulo vano, tontamente   

Alarmarse, y querer sin ciertas gracias   

Agradar al lector. Ellos, bien pronto   

De la Prudencia, harán queden vedadas   

Las pinturas: a Thémis, que una venda   

Se le dé, privarán, y una balanza:   

Que la guerra, de bronce a nuestros ojos   

Se figure también con una cara;   

O el tiempo, que escapándose, en la mano   

Un reloj lleve asido, y en la falsa   

Presunción de su celo, por do quiera,   

De todos los discursos desterrada   

Correrán a dejar la alegoría,   

Cual si una idolatría fuese insana.

4. Coridón de Francisco Gregorio de Salas

Yo veo a mi hortelano,
que riega por su mano
la col, el cardo, el apio y la lechuga;
donde la verde oruga,
taladrando la rama,
halla dulce alimento, nido y cama.
Suele luego arrancar una cebolla
para echar en la olla
que cuece con los ajos,
los nabos, el repollo y los tasajos;
cuya seca cecina,
prefiere a la perdiz y a la gallina.
Es de su casa toda la decencia
algún barato cuadro de Valencia,
una grosera estampa maltratada
con rojo almazarrón iluminada,
y otra alguna pequeña baratija,
que guarda para el dote de su hija.

5. Amor constante de Vicente García de la Huerta

Antes al cielo faltarán estrellas, 
al mar peligros, pájaros al viento,
al sol su resplandor y movimiento,
y al fuego abrasador vivas centellas;

antes al campo producciones bellas,
al monte horror, al llano esparcimiento,
torpes envidias al merecimiento,
y al no admitido amor tristes querellas;

antes sus flores a la primavera,
ardores inclementes al estío,
al otoño abundancia lisonjera,

y al aterido invierno hielo y frío, 
que ceda un punto de su fe primera, 
cuanto menos que falte el amor mío.

6. Mi despecho de Juan Meléndez Valdéz

Los ojos tristes, de llorar cansados, 
alzando al cielo, su clemencia imploro;
mas vuelven luego al encendido lloro, 
que el grave peso no los sufre alzados. 

Mil dolorosos ayes desdeñados
son, ¡ay!, tras esto de la luz que adoro; 
y ni me alivia el día, ni mejoro
con la callada noche mis cuidados. 

Huyo a la soledad, y va conmigo 
oculto el mal, y nada me recrea;
en la ciudad en lágrimas me anego; 

aborrezco mi ser y, aunque maldigo 
la vida, temo que la muerte aun sea 
remedio débil para tanto fuego.

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7. Alocución a la poesía de Andrés Bello

Divina poesía,
tú, de la soledad habitadora,
a consultar tus cantos enseñada
con el silencio de la selva umbría;
tú, a quien la verde gruta fue morada,
y el eco de los montes compañía;
tiempo es que dejes ya la culta Europa,
que tu nativa rustiquez desama,
y dirijas el vuelo adonde te abre
el mundo de Colón su grande escena.
También propicio allí respeta el cielo
la simple verde rama
con que al valor coronas;
también allí la florecida vega,
el bosque enmarañado, el sesgo río,
colores mil a tus pinceles brinda;
y céfiro revuelto entre las rosas;
y fúlgidas estrellas
tachonan la carroza de la noche;
y el Rey del cielo, entre cortinas bellas
de nacaradas nubes, se levanta,
y la avecilla en no aprendidos tonos
con dulce pico endechas de amor canta.

8. A Moisés de Andrés Bello

¿Qué son las fuentes en que el oro brilla,
y el mármol de colores,
a par del Nilo, y de esta verde orilla
esmaltada de flores?

No es tan grato el incienso que consume
en el altar la llama,
como entre los aromos el perfume
que el céfiro derrama.

Ni en el festín real me gozo tanto,
como en oír la orquesta
alada, que, esparciendo dulce canto,
anima la floresta.

¿Véis cuál se pinta en la corriente clara
el puro azul del cielo?
El cinto desatadme, y la tïara,
y el importuno velo.
¿Véis en aquel remanso trasparente
zabullirse la garza?
Las ropas deponed; y al blando ambiente,
el cabello se esparza.

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9. La Rosa enferma de Màrie Montand 

La rosa enferma 

estás enferma, ¡oh rosa! 
El gusano invisible, 
que vuela, por la noche, 
en el aullar del viento, 

tu lecho descubrió 
de alegría escarlata, 
y su amor sombrío y secreto 
consume tu vida. 

10. Del Pastor de Francisco Gregorio de Salas

Suele el pastor que duerme prevenido
despertar al ladrido de algún perro
que sigue al fiero lobo por un cerro,
animoso, tenaz y embravecido.

Reconoce el ganado en el sonido
del destemplado y rústico cencerro,
y en la limpia sartén de tosco hierro
prepara el desayuno apetecido.

Ordeña en tarros la abundante leche,
forma después el queso delicioso,
abre la red y suelta su ganado;

y como allí no hay nadie que lo aceche,
templa el tosco rabel, y con reposo
canta su amor alegre y sosegado.

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Estudiante de medicina de la Universidad de Los Andes.

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