Cuentos cortos de ciencia ficción

A muchos de nosotros nos encanta leer, en ocasiones es uno de nuestros más grandes hobbies y en otros casos solo es para entretenernos un rato. Existen una gran variedad de obras literarias que son en realidad fascinantes y, a su vez, son de diversos géneros que van desde ser románticas, pasando por la acción, la ciencia ficción e incluso terror y demás géneros abordando todos los gustos e intereses. Sin embargo, la ciencia ficción atrapa a la mayoría, todos tenemos esa mente futurista que se imagina como será este mundo dentro de un par de años o si serán ciertas esas teorías que surgen a diario. Es por eso que son esas historias que hablan de robots, viajes en el tiempo o por el espacio, para conocer a esos tan nombrados seres de otros mundos, de igual forma con todos esos temas que hacen volar nuestra imaginación.

Claro, no siempre disponemos del tiempo necesario para leer esas grandes historias que incluso abarcan varios tomos con sus secuelas y precuelas; pero tranquilos, que Procrastina Fácil, pensando en ti, hoy te trae 11 cuentos cortos de ciencia ficción para que puedas leer en esos momentos libres que son breves, en los que quieres entretenerte y viajar en tu mente.

Advertisement

1. El verano del cohete

Advertisement
Cuentos cortos de ciencia ficción

Un minuto antes era invierno en Ohio; las puertas y las ventanas estaban cerradas, la escarcha empañaba los vidrios, el hielo adornaba los bordes de los techos, los niños esquiaban en las laderas; las mujeres, envueltas en abrigos de piel, caminaban torpemente por las calles heladas como grandes osos negros. Y de pronto, una larga ola de calor atravesó el pueblo; una marea de aire tórrido, como si alguien hubiera abierto de par en par la puerta de un horno. El calor latió entre las casas, los arbustos, los niños. El hielo se desprendió de los techos, se quebró, y empezó a fundirse. Las puertas se abrieron; las ventanas se levantaron; los niños se quitaron las ropas de lana; las mujeres se despojaron de sus disfraces de osos; la nieve se derritió, descubriendo los viejos y verdes prados del último verano. El verano del cohete.

Las palabras corrieron de boca en boca por las casas abiertas y ventiladas. El verano del cohete. El caluroso aire desértico alteró los dibujos de la escarcha en los vidrios, borrando la obra de arte. Esquíes y trineos fueron de pronto inútiles. La nieve, que venía de los cielos helados, llegaba al suelo como una lluvia cálida. El verano del cohete. La gente se asomaba a los porches húmedos y observaba el cielo, cada vez más rojo. El cohete, instalado en su plataforma, lanzaba rosadas nubes de fuego y calor. El cohete, de pie en la fría mañana de invierno, engendraba el estío con el aliento de sus poderosos escapes. El cohete creaba el buen tiempo, y durante unos instantes fue verano en la tierra.

– Ray Bradbury.

2. Philip y sus amigos los extraterrestres

Advertisement
Amigos extraterrestres

Una de esas noches calurosas de verano, Philip se encontraba descansando en su habitación, la ventana se encontraba abierta por el sofocante y agobiante calor que hacía. De manera inesperada y sorpresivamente vio como una luz muy potente traspasa el umbral de su cuarto, los temores lo abordaron, pero al mismo tiempo sintió mucha curiosidad por aquel fenómeno que nunca en su vida había visto.

Se trataba de algo extraño, como una especie de nave con cierta forma muy curiosa y, para su asombro aun mayor, observó cómo descendían de ella unos hombrecillos de figuras nada parecidas a la de un terrestre. Pues se trataban de los extraterrestres descendiendo del aquel platillo volador o nave extraterrestre. Al observar, no saliendo de su asombro, vio cómo se trataba de unos hombrecitos de color verde con unos atuendos muy extraños y a la vez, según relata él, una vestimenta muy cómica cubriendo los cuerpos de unas personas pequeñas, con cascos sobre su cabeza y antenas como de unos 12 cm de largo.

Fue tanta la curiosidad que sintió que saco valor desde lo más intrínseco de su alma para acercarse y cerciorarse que efectivamente se trataba de unas criaturas llegadas desde otro planeta. Él los abordó y como cosa curiosa hablaban el mismo idioma que Philip, se entendieron y ellos le manifestaron que tuvieron algunos problemas técnicos, específicamente de comunicación con sus comandos en el planeta de dónde venían, por lo que se vieron en la necesidad de aterrizar en algún lugar en donde pensaban podían conseguir lo necesario para poder reparar su radio y poder así continuar su viaje hasta el planeta desconocido de donde ellos son.

Philip, recorrió varios lugares y tratando de conseguir lo que ellos requerían para solucionar su problema, con tan buena suerte que en el pueblo pudo encontrar los materiales indispensables para reparar la falla y poder emprender su viaje de regreso. Por supuesto que el agradecimiento es eterno a tal punto que lo invitaron a visitar su planeta cuando él quisiera, solo contactándolos con unas claves y códigos que le suministraron.

3. Marix

Cuentos cortos de ciencia ficcion

Marix era un pequeño marcianito del planeta Marte que vagaba por las infinidades del universo. Se encontraba muy solo porque nadie más le había acompañado en su aventura.

Había pensado que pronto encontraría alguien con quien saltar en los anillos de Saturno y visitar las tres lunas de Júpiter.

Se encontraba ya en las proximidades de Alfa Centauri, cuando vio una pequeña nave parecida a la suya. Intentó enviarles un mensaje por radio, pero lo único que obtuvo fue un mensaje ininteligible.

Así que decidió seguirles. Durante días y días estuvo siguiendo la nave a lo largo de la galaxia recibiendo mensajes raros en su radio. Llegaron a un planeta que tenía grandes masas de líquido rosado a su alrededor y la nave aterrizó cerca de una de ellas.

Marix se puso rápidamente su traje espacial y corrió para salir de su nave. Se encontró rápidamente rodeado de un montón de bichitos que hablaban un idioma que él no entendía. Por suerte, uno de ellos trajo un aparato que cuando encendió traducía todas las lenguas de la galaxia.

El sabio que tenía el aparato, le explicó que cuando él era joven había recorrido la galaxia para crear un diccionario de todos los idiomas y que estaba preparando otra expedición, pero que él ya era muy anciano para emprender tan arduo viaje, y le preguntó si él quería seguir con su tarea.

Marix le contestó que llevaba años viajando y que quería encontrar un amigo con el que jugar porque estaba muy aburrido. El sabio le dijo que no habría problema, y que en cuanto encontrase a alguien retomarían la expedición.

A los pocos días el sabio volvió a buscar a Marix y le dijo que había encontrado quien le acompañase. Marix no se lo podía creer, era la criatura más bonita del universo. Y juntos emprendieron el viaje para recuperar todas las lenguas de la galaxia.

4. Mi otro yo

Cuentos de ficción

Era una mañana normal, yo estaba en mi cama pero sabía que algo no iba bien. Ella estaba allí. No sé quién era, pero se parecía a mí. No sólo se parecía a mí, sino que hablaba como yo.

Le pregunté su nombre, aunque ya sabía la respuesta, y dijo el mío. Se estaba preparando para ir a la escuela con mis cosas, y le pregunté que qué hacía. Me contestó que mí tiempo se había acabado, que era hora de que me retirase y ella tomara mi lugar.

Dijo que si no me portaba bien mi padre me llevaría al taller, no sabía que era el taller pero no me quedaría para averiguarlo.

Salí corriendo de la habitación y bajé las escaleras corriendo. Mi padre me llamó, pero tenía voz de enfadado, así que seguí corriendo saliendo por la puerta trasera y adentrándome en el bosque.

No sé cuánto tiempo estuve corriendo, pero no paré hasta que sentí que la zona en la que me encontraba no era conocida. Me senté debajo de un árbol a pensar en lo ocurrido. No entendía nada, quién era la otra chica, por qué se parecía a mí y por qué iba a ocupar mi lugar.

Oí unos pasos cerca de mí y me volví, y allí estaba mi padre con su mueca y cara de enfado. Dijo que sabía dónde encontrarme ¿cómo lo sabía? Yo nunca había estado aquí. Algo hizo que se me nublara la vista y perdí el conocimiento.

Me desperté en mi cama, era por la mañana de nuevo, todo había sido un mal sueño. Llamé a mi madre para contarle mi pesadilla y que ella me calmara, siempre lo hacía. Cuando se lo conté, con voz dulce me dijo que no pasaba nada, pero que mejor me portase bien o mi padre me volvería a llevar al taller.

5. El virus

Virus mortal

Hace tiempo que la tierra ya no es el paraíso terrenal que fue en su tiempo. La sobreexplotación de los recursos ha llevado la vida humana a una situación límite.

La contaminación de las aguas, por parte de las industrias de todo el mundo han hecho que enfermemos. La población se ha visto diezmada, pero lo políticos siguen manteniendo que todo sigue bien.

La gente se amontona en las calles pidiendo alimento y agua, pero nadie consigue nada para llevarse a la boca. El primer mundo ha pasado a convertirse en una cloaca, así que no quiero imaginarme esos países que dejamos a la mano de Dios mientras explotábamos sus recursos.

Hace un tiempo que los hospitales deberían estar llenos pero, sin embargo, los médicos parecen calmados y tranquilos. Hay algo que aquí no marcha bien, algo está pasando.

Pasan los días y empiezan a suceder cosas extrañas, ya no se oye a gente pidiendo en las calles, hay tranquilidad, incluso silencio. Hacía años que eso no sucedía.

Decido coger mi mascarilla radioactiva y pasear por lo que queda de bosque. Es raro, juraría que el bosque estaba más cerca, sólo veo montones de tierra a mí alrededor. Cuando me asomo a uno de ellos veo un cadáver, pero el cadáver es verde, y tiene los ojos inyectados de sangre.

Intento irme de allí lo más rápido posible, oigo unas voces detrás de mí, me giro y tienen una pistola. Intento levantar las manos para mostrar que no voy armado. Mis manos ya no son mis manos, ahora son verdes, son del mismo color que el cadáver. Uno de los uniformados se acerca a mí, ya es demasiado tarde – me dice – Adiós.       

6. Las langostas

Colonia en Marte

Los cohetes incendiaron las rocosas praderas, transformaron la piedra en lava, la pradera en carbón, el agua en vapor, la arena y la sílice en un vidrio verde que reflejaba y multiplicaba la invasión, como espejos hechos trizas. Los cohetes vinieron como langostas y se posaron como enjambres envueltos en rosadas flores de humo. Y de los cohetes salieron de prisa los hombres armados de martillos, con las bocas orladas de clavos como animales feroces de dientes de acero, y dispuestos a dar a aquel mundo extraño una forma familiar. Dispuestos a derribar todo lo insólito, escupieron los clavos en las manos activas, levantaron a martillazos las casas de madera, clavaron rápidamente los techos que suprimirían el imponente cielo estrellado e instalaron unas persianas verdes que ocultarían la noche. Y cuando los carpinteros terminaron su trabajo, llegaron las mujeres con tiestos de flores y telas de algodón y cacerolas, y el ruido de las vajillas, cubrió el silencio de Marte, que esperaba detrás de puertas y ventanas. En seis meses surgieron doce pueblos en el planeta desierto, con una luminosa algarabía de tubos de neón y amarillos bulbos eléctricos. En total, unas noventa mil personas llegaron a Marte, y otras más en la Tierra preparaban las maletas.

– Ray Bradbury.

7. Martin y el extraterrestre

Cierta noche, Martin observó desde su ventana, una estela de luz que caía desde el cielo, la velocidad de la luz aumentaba cada vez más y más por lo que Martin sentía miedo y al mismo tiempo curiosidad. La luz aterrizó en un terreno abandonado a pocos metros de su casa, así es que se armó de valor y fue a investigar el origen de aquella luz tan grande y luminosa.

Encontró un gran cráter en el lugar del choque y justamente en el centro había algo en forma de disco, que sin duda era un platillo volador o una nave extraterrestre. La puerta de ésta comenzó a abrirse y el chico no tuvo tiempo ni de correr, cuando de ella salió una criatura de lo más extraña. Era de un color jade oscuro con orejas enormes que llegaban hasta el piso, medía aproximadamente 60 centímetros y tenía la piel arrugada. Martin se las arregló para reprimir un grito cuando la criatura comenzó a hablar.

– Hola, me llamo Stalisky, soy de un planeta muy lejano, mi nave se estropeo, por lo que no pude completar mi viaje a Venus y caí en este planeta.

Extraterrestre

– Yo soy Martin – dijo el chico estrechándole la mano – ¿cómo es que sabes hablar nuestro idioma?

– Nuestra raza ha aprendido las culturas e idiomas de los 25 planetas habitables que hemos encontrado por el espacio. Te agradecería mucho que me ayudaras a reparar mi nave, ya que nuestra tecnología para corregir errores no funciona en el planeta tierra.

Martin aceptó encantado, por varias semanas fue hasta el lugar en donde estaba la nave a ayudar en la reparación. Él y Stalisky se convirtieron en muy buenos amigos, y compartieron conocimientos mutuamente. Martin aprendió que no se debe juzgar a nadie ni nada por su apariencia ni por su raza, sino que debemos ayudar a todos en lo que podamos.

Cuando llegó la hora de partir, se despidieron con un abrazo y unas bellas palabras, Martin no pudo evitar que las lágrimas corrieran por su rostro al mismo tiempo que la nave de Staisky tomaba altura y se alejaba cada vez más de la tierra.

8. Los Colonos

Los hombres de la Tierra llegaron a Marte. Llegaron porque tenían miedo o porque no lo tenían, porque eran felices o desdichados, porque se sentían como los Peregrinos, o porque no se sentían como los Peregrinos. Cada uno de ellos tenía una razón diferente. Abandonaban mujeres odiosas, trabajos odiosos o ciudades odiosas; venían para encontrar algo, dejar algo o conseguir algo; para desenterrar algo, enterrar algo o alejarse de algo. Venían con sueños ridículos, con sueños nobles o sin sueños. El dedo del gobierno señalaba desde letreros a cuatro colores, en innumerables ciudades: HAY TRABAJO PARA USTED EN EL CIELO. ¡VISITE MARTE! Y los hombres se lanzaban al espacio.

Colonizadores

Al principio sólo unos pocos, unas docenas, porque casi todos se sentían enfermos aun antes que el cohete dejara la Tierra. Y a esta enfermedad la llamaban la soledad, porque cuando uno ve que su casa se reduce hasta tener el tamaño de un puño, de una nuez, de una cabeza de alfiler, y luego desaparece detrás de una estela de fuego, uno siente que nunca ha nacido, que no hay ciudades, que uno no está en ninguna parte, y sólo hay espacio alrededor, sin nada familiar, sólo otros hombres extraños. Y cuando los estados de Illinois, lowa, Missouri o Montana desaparecen en un mar de nubes, y más aún, cuando los Estados Unidos son sólo una isla envuelta en nieblas y todo el planeta parece una pelota embarrada lanzada a lo lejos, entonces uno se siente verdaderamente solo, errando por las llanuras del espacio, en busca de un mundo que es imposible imaginar. No era raro, por lo tanto, que los primeros hombres fueran pocos. Crecieron y crecieron en número hasta superar a los hombres que ya se encontraban en Marte. Los números eran alentadores. Pero los primeros solitarios no tuvieron ese consuelo.

– Ray Bradbury.

9. Reparando una nave espacial

Hace muchos años, cuando Kevin estaba disfrutando de un día estupendo en su jardín, un objeto bastante extraño se aproximaba hasta su posición, de forma muy torpe. Cuando el objeto estuvo al alcance de su vista, descubrió que se trataba de una nave espacial, cuyo tripulante tenía bastantes problemas para controlarla.

Tras unos momentos llenos de incertidumbre, la nave aterrizó de forma brusca en el jardín de Kevin. Tal fue la violencia del aterrizaje, que una de las patas que la sustentaban quedó seriamente dañada. Un daño, que alarmó enormemente a su ocupante, un joven extraterrestre de color grisáceo, al que Kevin se acercó muy despacio para evitar que se asustara mucho más.

Cuando llego a su altura, se sorprendió enormemente al ver como las lágrimas surcaban su rostro.

-Ya sé que la rotura de tu nave te parece algo terrible, pero no es nada que no pueda repararse en un par de horas.

Decidido a ayudar a su nuevo amigo, se marchó hasta el garaje de sus padres, para buscar los materiales y herramientas necesarias para dejar la nave espacial, como si nunca le hubiera pasado nada. Al ver que el humano cumplía con su palabra, el extraterrestre dejó de llorar, acercándose hasta Kevin para ver qué es lo que estaba haciendo.

Pasado el tiempo acordado, tanto la pata como la nave, estaban como nuevas, permitiendo al pequeño ponerla en marcha, no sin antes expresarle todo su agradecimiento a Kevin desde una de las ventanas de la nave.

– Adrián Castañeda.

Nave espacial

10. Ideas locas de acero

Ideas que son locas, ideas que surgen de la nada. Basta con un pensamiento, un sueño, de esos sueños que se producen sin cerrar los ojos, soñar despierto, en los que empiezas a ver todo tipo de extravagancias hasta que ves la posibilidad de crear algo inimaginable o una creación de laboratorio. Se trataba de crear un gran robot, con la posibilidad que te ayudará en los quehaceres del mismo y siempre con la fija idea de que algún día se pudiera comercializar.

Sucedió con la persona encargada de un laboratorio Dr. Taylor, de investigaciones científicas. Ocurriéndosele aquella noche la creación de un gran robot que le ayudara en las tareas del laboratorio, que tuviera una capacidad de resistencia superior a la del ser humano. Muchas ideas se forjaban en su mente no sin antes apesadumbrar todos los temores que una barbaridad de esas pudiera afectar su reputación, al extremo que lo pudieran tildar de loco.

Inició con la valentía y el coraje necesario para la planificación de su gran proyecto, haciendo uso de su investidura comenzó a buscar todo lo necesario para empezar a engranar las piezas, probablemente nunca perdió la esperanza que alguien que se encontrara dentro del mismo nivel de capacidades que pudiera ayudarlo a desarrollar su gran proyecto.

Fueron largos días y noches incansables de trabajo, tiempos buscando las piezas para armar aquel gran rompecabezas, mucho esfuerzo económico y humano, la incertidumbre los embargaba. Sí, todo aquello valdría la pena.

Después de largos meses de incasable trabajo agotador, el objetivo fue creado y patentado como una pieza de laboratorio creada para ciertos auxilios laborales que en definitiva podrían realizar el trabajo de tres personas todas ellas trabajando a tiempo completo.

La creación de aquel objeto mecánico trascendió las fronteras del país llegando a conocerse en los países más recónditos del mundo, los pedidos comenzaron a fluir y los resultados de aquel esfuerzo mayúsculo iniciaron a dejar sus frutos.

Robot ayudante

11. La elección de los hombres

Llegaron a las extrañas tierras azules y les pusieron sus nombres: ensenada Hinkston, cantera Lusting, río Black, bosque Driscoll, montaña de los Peregrinos, ciudad Wilder, nombres todos de gente y de las hazañas de gente. En el lugar donde los marcianos mataron a los primeros terrestres, había un pueblo Rojo, en recuerdo de la sangre de esos hombres. El lugar donde fue destruida la segunda expedición se llamaba Segunda Tentativa. En todos los sitios donde los hombres de los cohetes quemaban el suelo con calderos ardientes, quedaban como cenizas los nombres. Y, naturalmente, había una colina Spender y una ciudad Nathaniel York…

Los antiguos nombres marcianos eran nombres de agua, de aire y de colinas. Nombres de nieves que descendían por los canales de piedra hacia los mares vacíos. Nombres de hechiceros sepultados en ataúdes herméticos y torres y obeliscos. Y los cohetes golpearon como martillos esos nombres, rompieron los mármoles, destruyeron los mojones de arcilla que nombraban a los pueblos antiguos, y levantaron entre los escombros grandes pilones con los nuevos nombres: Pueblo Hierro, Pueblo Acero, Ciudad Aluminio, Aldea Eléctrica, Pueblo Maíz, Villa Cereal, Detroit II, y otros nombres mecánicos, y otros nombres de metales terrestres. Y después de construir y bautizar los pueblos, construyeron y bautizaron los cementerios: colina Verde, pueblo Musgo, colina Bota, y los primeros muertos bajaron a las sepulturas…

Y cuando todo estuvo perfectamente catalogado, cuando se eliminó la enfermedad y la incertidumbre, y se inauguraron las ciudades y se suprimió la soledad, los sofisticados llegaron de la Tierra. Llegaron en grupos, de vacaciones, para comprar recuerdos de Marte, sacar fotografías o conocer el ambiente; llegaron para estudiar y aplicar leyes sociológicas; llegaron con estrellas e insignias y normas y reglamentos, trayendo consigo parte del papeleo que había invadido la Tierra como una mala hierba, y que ahora crecía en Marte casi con la misma abundancia. Comenzaron a organizar la vida de las gentes, sus bibliotecas, sus escuelas; comenzaron a empujar a las mismas personas que habían venido a Marte escapando de las escuelas, los reglamentos y los empujones. Era por lo tanto inevitable que algunas de esas personas replicaran también con empujones.

– Ray Bradbury.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.