15 Cuentos cortos para copiar

Los cuentos no son un entretenimiento restrictivo de la edad, sino que son un recurso perfecto para fomentar la lectura, sobre todo para aquellos que apenas han decidido comenzar en este mundo tan hermoso. En este artículo te mostramos 15 Cuentos cortos para copiar.

Los cuentos han marcado generaciones completas, muchos de ellos no han pasado de moda en los años, sino que siguen intactos mientras que algunos han sufrido ciertas modificaciones. Aún con los cuentos más populares, muchos escritores han visto en los cuentos un género para abrirse paso en los gustos de lectura de los más pequeños, sin embargo los cuentos infantiles aunque son los más populares, muchos cuentistas han desarrollado su arte entre la población adulta con muy buenos resultados, tal es el caso de los cuentos del género terror o fantasía. Más adelante te mostramos algunos cuentos que podrás copiar y pegar.

25 Ejemplos Cuentos Súper Cortos

15 Cuentos cortos para copiar

1. El jardín que se quedó sin flores

Una niña pasaba todas las mañanas en frente de un jardín cuando iba a su escuela. Aquel jardín silvestre que se formaba al lado de un parque tenía flores muy hermosas y de todos los colores. La niña siempre quería tomar una de las flores y llevarla consigo a la escuela, así que cada vez que pasaba por ese lugar arrancaba una flor. Le ponía triste que la flor que tomaba todos los días moría marchita cuando pasaba poco tiempo, así que constantemente arrancaba una flor nueva. Al tiempo mientras caminaba al colegio se dio cuenta que el jardín ya no tenía flores, porque las había arrancado todas en poco tiempo. En ese momento la niña comprendió que si quería ver flores hermosas como aquellas todas las mañanas debía dejarlas vivir. 

2. La hoja de papel

En la habitación de un profesor había una hoja de papel sobre una mesa, junto a otras hojas iguales a ella. Aquellas hojas de papel se disputaban constantemente quien era la más limpia, cuando un día una pluma bañada en tinta manchó a una de las hojas y la llenó de palabras.

– “¿Por qué me humillaste de esa manera?”, dijo enojada la hoja de papel. “Tu tinta me ha manchado para siempre”.

– “No te he ensuciado”, repuso la pluma. “Te he vestido de palabras. Antes eras solo una hoja de papel vacía, pero ahora eres más que eso, eres un mensaje. Custodias el pensamiento del hombre. Te has convertido en algo hermoso”.

En ese momento, alguien que estaba ordenando el despacho, vio aquellas hojas esparcidas y las juntó para arrojarlas al fuego. Sin embargo, reparó en la hoja “sucia” de tinta y la devolvió a su lugar porque llevaba, bien visible, el mensaje de la palabra. Luego, arrojó el resto al fuego.

3. La rama quejosa

Era un día en el que hacía tanto calor que hasta las ranas y los caracoles buscaban la sombra bajo cualquier rama o árbol. Hacía tiempo que no llovía en la región así que en vez de árboles frondosos había solo ramas secas y tierra agrietada. Una de las ramas secas decía:

— Estoy vieja, arrugada y frágil, ya no sirvo para nada.

— ¿Por qué dices eso sobre ti? — preguntó el caracol. Yo estoy encantado de que me des sombra porque eres una de las pocas que ha sobrevivido al calor.

Entonces, la rama seca miró desdeñosa al caracol pero fue incapaz de decirle nada.

Al día siguiente la rama se volvió a quejar:

— Estoy pálida y seca, ¿quién del bosque me va a querer así?

— ¿Por qué dices eso? — preguntó la rana. Con este calor,  yo no tendría tu sombra sino que moriría, ¡soy afortunada de que estés aquí!

Entonces la rama seca miró sorprendida a la rana y no dijo nada.

Esa misma tarde, la rama seca como ya era de costumbre despertó quejándose de nuevo:

— ¡Qué tristeza la mía!, ¿por qué sigo en este mundo si nadie me aprecie?

Entonces mirándose la rana y el caracol, se marcharon a la sombra de otra rama que no se quejara tanto.

4. El ratón botonero

En una vieja azotea vivía un señor ratón que llevaba toda su vida trabajando en la fabricación de botones. Los hacía con mucho cariño y así adornaba hermosas prendas que vendía en el pueblo. Aquella profesión no le hacía rico, pero el señor ratón vivía muy a gusto con lo que tenía y era muy feliz. 
-Tengo lo suficiente para vivir y soy feliz. ¿Qué más le puedo pedir a la vida?- Decía con el rostro muy contento. 
Pero un día se presentó un evento importante. El rey de la ciudad quería hacer un bonito regalo para su hija y ofrecía grandes recompensas y mucha riqueza.

El señor ratón pensó que esta oportunidad podía ser buena para dar a conocer sus prendas y demás objetos que fabricaba. Decidió confeccionar un prendedor a base de botones dorados que brillaban como el sol. El rey que no había visto un adorno tan bonito se quedó muy agradecido.
Para cumplir con su promesa, el rey ordenó preparar una gran bolsa con monedas de oro para entregarle al señor ratón por su buen trabajo. Pero el ratón avergonzado, le dijo:
-Disculpe que se lo rechace, Majestad, pero yo no necesito riquezas, lo único que quería era mostrarles mi hermoso trabajo.

5. El dragón solitario

En una cueva muy alejada de los poblados vivía un dragón muy temido porque se decía que era grande y peligroso. Muchos aldeanos contaban la leyenda de un dragón que se comía a las personas y que volaba cazando en las noches.
Un joven cazador se fue en búsqueda de aquel dragón para acabar con él y demostrar que la leyenda era cierta, en vista que muchos veían volar por las noches a un ser muy extraño pero nadie les creía. El cazador pasó días recorriendo los campos y los bosques buscando al dragón, hasta que una tarde se quedó dormido en la entrada de la cueva porque ya estaba exhausto de tanto buscar. El cazador no se dio cuenta que un oso lo estaba observando para atacarlo, así que se despertó cuando escuchó unos ruidos de pelea. Lo que no esperaba el cazador es que un dragón pequeño estaba ahuyentando a un oso gigante que estaba a pocos metros de él. Cuando por fin se fue el oso, el cazador se quedó muy sorprendido porque dragón tan pequeño y con apariencia inofensiva fue capaz de tener el valor de enfrentar a un oso para cuidarlo mientras dormía. El dragón miró al cazador con tristeza porque todos lo consideraban peligroso y a pesar que había ayudado a muchos otros cazadores, nadie contaba lo noble que era realmente.

6. La princesa Melissa

Melissa era una pequeña princesa que le gustaba leer cuentos de dragones y príncipes porque se aburría mucho. Siempre le preguntaba a sus cuidadores sobre el día que la llevarían a pasear, porque siempre veía a los otros niños jugar y correr a las afueras del castillo, pero a ella no la dejaban salir. Melissa estuvo triste porque pensaba que nadie la llevaría a las ferias que se hacían anualmente en el pueblo, cada año veía los fuegos de colores, escuchaba las risas de los aldeanos y los niños llegaban contando sus historias. El día que comenzaron las ferias Melissa estaba muy triste porque también quería asistir, por lo que una de las mozas del castillo la disfrazó para poder salir del lugar sin que fuesen vistas con la única condición de que solo saldrían al momento de los fuegos artificiales. Así Melissa pudo disfrutar de una noche única viendo un verdadero teatro de luces en el cielo. 

7. La niña y el gato

En  un pueblo pequeño con casas de piedras, calles retorcidas y muchos gatos. Había un gato que era diferente al resto. Los gatos tenían su mundo apartado de los humanos porque éstos habían visto lo crueles que podían llegar a ser los humanos, por lo que no los querían cerca. Maui uno de los gatos más feroces estaba en un tejado tomando los primeros rayos de sol de la mañana mientras pensaba en qué bonita era la vida viviendo en completa libertad sin tener que depender de la maldad de los humanos. Esa mañana ocurrió algo que Maui no esperaba, a lo lejos vio que una bebé se tambaleaba a las afuera de su casa, para colmo el gato se había percatado que ningún humano adulto estaba cerca de la pequeña, lo que era extraño según lo que siempre veía. La bebé poco a poco se iba acercando a un risco que quedaba muy cerca del patio de su casa, por lo que Maui sintió el impulso se correr detrás de ella. Al llegar la haló por su suéter para alejarla del peligro. En ese momento los padres de la pequeña se percataron que la niña no estaba en la casa y viendo lo ocurrido fueron a buscar a su bebé. Gracias a este gato la niña pudo volver a su casa sana y salva. 

8. El hombre de jengibre (versión corta)

Había una vez una humilde y bondadosa anciana a la que le encantaba hacer galletas y dulces. Sobre todo durante el tiempo de Navidad. Un día haciendo galletas depositó todo su cariño en una galleta muy especial. 
Hizo aquella galleta con la mejor harina, los mejores huevos de las gallinas de su corral, el mejor azúcar y una pizca de jengibre. Luego decidió decorarla con azúcar y caramelo. Después pintó de blanco la boca, los botones y los ojos con dos puntadas de caramelo. 

Horneó la galleta con delicadeza, y cuando vio que ya estaba lista, abrió el horno para sacarla. Sin esperarlo la galleta cobró vida y el pequeño hombre de jengibre salió corriendo mientras canturreaba:

–  ¡Corre, corre, tanto como puedas! No puedes alcanzarme… ¡soy el hombre de jengibre!

Y con esta canción el hombre de jengibre huyó de la mujer y de su esposo, que intentaron atraparla sin éxito.

9. El rayito de sol

Había una vez un rayito de sol que se levantaba todas las mañanas para dar calor a los pájaros, a los perros, gatos y demás animales que vivían en un pueblo. Aquel rayito de sol se despertaba todas las mañanas sin quejarse aunque casi nadie lo tomaba en cuenta. Hacia lo mismo que todos los rayos de sol, mientras veía como la vida se movía según se levantaba y según se acostaba a dormir. Sin prestar atención a los hombres disfrutaba como crecían las plantas, un día la veía pequeña y al otro la veía grande, algunos animales salían a comer mientras dormía mientras que otros salían a cazar mientras estaba despierto. Aquel rayo de sol calentaba el agua de los lagos para los animales calientes mientras que se enfriaban los mares cuando se acostaba de nuevo a dormir.

10. La cerillera (versión corta)

¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos. Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que la niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no la pisasen los carruajes que iban en direcciones opuestas.
La niña caminaba, pues, con los piececitos desnudos, que estaban rojos y azules del frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de fósforos y tenía en la mano una de ellas como muestra. Era muy mal día: ningún comprador se había presentado, y, por consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía mucha hambre, mucho frío y muy mísero aspecto.

¡Pobre niña! Los copos de nieve se posaban en sus largos cabellos rubios, que le caían en preciosos bucles sobre el cuello; pero no pensaba en sus cabellos.
Veía bullir las luces a través de las ventanas; el olor de los asados se percibía por todas partes. Era el día de Nochebuena, y en esta festividad pensaba la infeliz niña.
Se sentó en una plazoleta, y se acurrucó en un rincón entre dos casas. El frío se apoderaba de ella y entumecía sus miembros; pero no se atrevía a presentarse en su casa; volvía con todos los fósforos y sin una sola moneda. Su madrastra la maltrataría, y, además, en su casa hacía también mucho frío. 

Vivían bajo el tejado y el viento soplaba allí con furia, aunque las mayores aberturas habían sido tapadas con paja y trapos viejos. Sus manecitas estaban casi yertas de frío. ¡Ah! ¡Cuánto placer le causaría calentarse con una cerillita! ¡Si se atreviera a sacar una sola de la caja, a frotarla en la pared y a calentarse los dedos!
Sacó una. ¡Rich! ¡Cómo alumbraba y cómo ardía! Despedía una llama clara y caliente como la de una velita cuando la rodeó con su mano.
¡Qué luz tan hermosa! Creía la niña que estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente. ¡Ardía el fuego allí de un modo tan hermoso!
¡Calentaba tan bien! La niña estaba tan a gusto frente al calor que no pudo evitar quedarse allí.

11. Daiana la sirena

En las más grandes profundidades del mar, se extendía un reino mágico, el reino del pueblo del mar. Un lugar de extraordinaria belleza rodeado por flores y plantas acuáticas únicas, en el que se encontraba el castillo del rey del mar.
Él y sus seis hijas vivían felices en medio de tanta belleza. Ellas pasaban el día jugando y cuidando de sus flores en los majestuosos jardines de árboles azules y rojos. La más pequeña de ellas, era la más especial. Su piel era blanca y suave, sus ojos grandes y azules, pero como el resto de las sirenas, tenía cola de pez. A la pequeña sirena le fascinaban las historias que su abuela contaba acerca de los seres humanos, tanto que cuando encontró una estatua de un hombre en los restos de un barco que naufragó no se lo pensó y se la llevó para ponerla en su jardín. La abuela les contó que algún día conocerían la superficie. Su nombre era Daiana.
- Cuando cumpláis quince años podréis subir a la superficie y podréis contemplar los bosques, las ciudades y todo lo que hay allí. Hasta entonces está prohibido subir a la superficie.

La pequeña sirena esperó a que llegara su turno ansiosa, imaginando como sería el mundo de allá arriba. Cada vez que a una de sus hermanas le llegaba el turno y cumplía los quince años, ella escuchaba atentamente las cosas que contaba y eso aumentaba sus ganas porque llegara el momento de subir.
Tras años de espera por fin cumplió quince años. La sirena subió y se encontró con un gran barco en el que celebraban una fiesta. Oía música y alboroto y no pudo evitar acercarse para tratar de ver a través de una de sus ventanas. Entre la gente distinguió a un joven apuesto, que resultó ser el príncipe y por quien quedó embelesada al observar su belleza.

Daiana desesperada por poder enamorar al príncipe buscó a la bruja más temida del mar, para poder convertirse en humana. Sin 
embargo la bruja sabía que la voz de las sirenas lograba enamorar a los hombres con sus cantos, por lo que la bruja accedió a convertirla en humana a cambio de su voz. La pequeña sirena se convirtió en una hermosa joven sin voz, sin embargo era una joven común como cualquier otra, esta vez sin su cola de sirena y sin su voz melodiosa. Daiana no prestó atención a las advertencias de la bruja, así que al pasar los días se dio cuenta que no lograba conseguir conocer al príncipe que tanto quería, por lo que volvió al mar con su familia.

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12. La cigüeña, el búho y la zorra

Había una vez una cigüeña bonachona que se llamaba Picorroto y vivía en la copa de un roble. En el tronco del mismo árbol vivía un anciano búho y un poco más abajo, entre las raíces del árbol, una zorra con muy mal genio a la que todos llamaban Maliala.

La zorra se portaba muy mal con la cigüeña y siempre estaba buscando la forma de burlarse de ella. Un día Maliala invitó a Picorroto a comer:

- Baja Picorroto, que te invito a comer conmigo unas habas que acabo de preparar.

Pero el animal había puesto las habas en una piedra muy llana formando una capa muy fina porque sabía que así la cigüeña no podría comérselas. Y eso fue precisamente lo que ocurrió. La cigüeña no pudo picar nada y la zorra se las comió todas. 

- ¡Cómo te has puesto cigüeña! Ahora estarás varios días sin comer, ¿verdad?

La pobre cigüeña no dijo nada y se subió a su nido con la misma hambre con el que había bajado.

Un día el búho, que era amigo de la cigüeña y a quien no le gustaba nada la forma en que la zorra se burlaba de ella, tuvo una idea.

- Vecina, vengo a contarle me han invitado a una boda muy alto en el cielo. Habrá pavo relleno, pollitos al horno y queso… Lástima que usted no pueda venir… a no ser que quiera subirse a mis espaldas.

- ¡Claro que quiero! - dijo Maliala pensando en toda la comida.

Así que se subió la zorra sobre las alas de la cigüeña y ésta echó a volar. Al rato dijo Picorroto:

- ¡Ay! Creo que tienes pulgas
- ¿Yo tener pulgas? Nada de eso!
- Yo sólo sé que me pica mucho la espalda así que agárrese bien que me voy a sacudir

Maliala salió desprendida de la espalda de la cigüeña. Menos mal que tuvo la suerte de caer encima de un arbusto y gracias a eso salió viva.

Cuando regresó a su madriguera llena de heridas se encontró con el búho.

- ¿Qué? ¿Cómo ha ido la boda?
- Bien, pero si salgo de ésta ya le digo que no iré a ninguna boda en el cielo.

13. La princesa y el guisante

Érase una vez un príncipe que quería casarse con una princesa, pero que fuese una princesa de verdad. En su busca recorrió todo el mundo, mas siempre había algún pero. Princesas había muchas, mas nunca lograba asegurarse de que lo fueran de veras; cada vez encontraba algo que le parecía sospechoso. Así regresó a su casa muy triste, pues estaba empeñado en encontrar a una princesa auténtica. 

Una tarde estalló una terrible tempestad; se sucedían sin interrupción los rayos y los truenos, y llovía a cántaros; era un tiempo espantoso. En éstas llamaron a la puerta de la ciudad, y el anciano Rey acudió a abrir. 
Una princesa estaba en la puerta; pero ¡cómo la habían puesto la lluvia y el mal tiempo! El agua le chorreaba por el cabello y los vestidos, se le metía por las cañas de los zapatos y le salía por los tacones; pero ella afirmaba que era una princesa verdadera. "Pronto lo sabremos", pensó la vieja Reina, y, sin decir palabra, se fue al dormitorio, levantó la cama y puso un guisante sobre la tela metálica; luego amontonó encima veinte colchones, y encima de éstos, otros tantos edredones. En esta cama debía dormir la princesa. 

Por la mañana le preguntaron qué tal había descansado. — ¡Oh, muy mal! —exclamó—. No he pegado un ojo en toda la noche. ¡Sabe Dios lo que habría en la cama! ¡Era algo tan duro, que tengo el cuerpo lleno de cardenales! ¡Horrible!. Entonces vieron que era una princesa de verdad, puesto que, a pesar de los veinte colchones y los veinte edredones, había sentido el guisante. Nadie, sino una verdadera princesa, podía ser tan sensible. El príncipe la tomó por esposa, pues se había convencido de que se casaba con una princesa hecha y derecha.

14. Las zapatillas rojas

Érase una vez una niña pobre llamada Karen. Karen era tan pobre que solo tenía unos zuecos por calzado, unos zuecos que le hacían daño en los pies, por lo que en verano iba descalza.

En el centro de la aldea vivía una anciana zapatera que le hizo a Karen un par de zapatitos con unos retazos de tela roja. Los zapatos resultaron un tanto desmañados, pero la niña estaba muy feliz con sus zapatos rojos.

La niña quedó huérfana al morir su madre y una señora rica acogió a la niña y la cuidó como si fuera su hija. Lo primero que hizo fue tirar los zapatos rojos, pues le horrorizaban, y comprarle un calzado más discreto.

Cuando fueron a ver al zapatero Karen se enamoró de unos zapatos rojos de charol que el zapatero había hecho para una condesa, pero que no le iban bien. La niña se los pidió a su benefactora que, como ya no veía bien, no se enteró de que eran rojos.

Todo el mundo miraba los zapatos rojos de Karen. Y la niña no podía pensar en otra cosa que en sus zapatos rojos.

Cuando la señora se enteró reprendió a Karen y le ordenó no volver a ponérselos.
Pero la niña decidió aprovechar cualquier ocasión para ponérselos y desobedecer a la señora.

Como siempre se los ponía un día un mendigo se ofreció a limpiarles los zapatos.

-¡Qué bonitos zapatos de baile! -dijo el mendigo a la niña-.Procura que no se te suelten cuando dances.

Y al decir esto tocó las suelas de los zapatos con la mano.

Otro día el mendigo volvió a decir:

-¡Qué bonitos zapatos de baile!

Inmediatamente, Karen empezó a bailar sin poder parar, llevada involuntariamente por sus zapatos rojos.

El cochero, que la esperaba a ella y a la señora, metió a la niña enseguida en el carruaje y le quitó los zapatos.

Por esos días la señora cayó enferma y Karen tuvo que hacerse cargo de cuidarla. Pero la habían invitado a un gran baile. Después de dudarlo unos minutos, Karen decidió dejar dormida a la señora y marcharse al baile con sus zapatos rojos, sin recordar el incidente que había sufrido el domingo.

Cuando llegó al baile con sus zapatos rojos estos empezaron a mover sus pies, y la niña empezó a bailar sin poder parar. Pasaron los días y Karen seguía bailando y bailando. 
Estaba cansada, pero no podía parar, así que lloraba mientras bailaba, pensando en lo tonta y vanidosa que había sido y en lo ingrata que había sido con la señora que tanto la había ayudado.

- ¡No puedo más!- lloró desesperada-. ¡Tengo que quitarme estos zapatos aunque tengan que cortarme los pies!

Karen se dirigió bailando a casa del carnicero. Cuando llegó, sin dejar de bailar, le gritó desde la puerta:

-¡Sal! ¡Sal! No puedo entrar porque estoy bailando. Córtame los pies para que pueda dejar de bailar, porque hasta entonces no podré arrepentirme de mi vanidad.

Cuando la puerta se abrió apareció el mendigo limpiabotas que había encantado los zapatos rojos a la puerta de la iglesia.

-¡Qué bonitos zapatos rojos de baile! -exclamó-. ¡Seguro que se ajustan muy bien al bailar! Déjame verlos más de cerca.

Nada más tocar el mendigo los zapatos rojos se detuvieron y Karen dejó de bailar. Karen aprendió la lección y, agradecida, volvió a casa a cuidar de la señora que tanto había hecho por ella. Karen guardó los zapatos en una urna de cristal y no volvió a desobedecer nunca más.

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15. El traje nuevo del emperador

Había una vez un emperador al que le encantaban los trajes. Destinaba toda su fortuna a comprar y comprar trajes de todo tipo de telas y colores. Tanto que a veces llegaba a desatender a su reino, pero no lo podía evitar, le encantaba verse vestido con un traje nuevo y vistoso a todas horas. Su reino estaba caído en la pobreza y en la desgracia por tanto gastar en trajes. Un día llegaron al reino unos impostores que se hacían pasar por tejedores y se presentaron delante del emperador diciendo que eran capaces de tejer la tela más extraordinaria del mundo.

- ¿La tela más extraordinaria del mundo? ¿Y qué tiene esa tela de especial?

- Así es majestad. Es especial porque se vuelve invisible a ojos de los necios y de quienes no merecen su cargo.

- Interesante… ¡entonces hacedme un traje con esa tela, lo más rápido posible! Yo mismo les pagaré todo lo que me pidáis.

Así que los tejedores se pusieron manos a la obra.

Pasado un tiempo el emperador tenía curiosidad por saber cómo iba su traje pero tenía miedo de ir y no ser capaz de verlo, por lo que prefirió mandar a uno de sus ministros. Cuando el hombre llegó al telar se dio cuenta de que no había nada y que lo que los tejedores eran en realidad unos farsantes pero le dio tanto miedo decirlo y que todo el reino pensara que era estúpido o que no merecía su cargo, que permaneció callado y fingió ver la tela.

- ¡Qué tela más maravillosa! ¡Qué colores! ¡Y qué bordados! Iré corriendo a contarle al emperador que su traje marcha estupendamente.

Los tejedores siguieron trabajando en el telar vacío y pidieron al emperador más oro para continuar.

Cuando llegó le ocurrió como al primero, que no vio nada, pero pensó que si lo decía todo el mundo se reiría de él y el emperador lo destituiría de su cargo por no merecerlo así que elogió la tela.

- ¡Deslumbrante! ¡Un trabajo único!

Comenzaron a vestirlo y como si se tratara de un traje de verdad iban poniéndole cada una de las partes que lo componían.

- Aquí tiene las calzas, tenga cuidado con la casaca, permítame que le ayude con el manto…

El emperador se miraba ante el espejo y fingía contemplar cada una de las partes de su traje, pero en realidad, seguía sin ver nada.

Cuando estuvo vestido salió a la calle y comenzó el desfile y todo el mundo lo contemplaba aclamando la grandiosidad de su traje.

- ¡Qué traje tan magnífico!

- ¡Qué bordados tan exquisitos!

Hasta que en medio de los elogios se oyó a un niño que dijo:

- ¡Pero si está desnudo!

Y todo el pueblo comenzó a gritar lo mismo pero aunque el emperador estaba seguro de que tenían razón, continuó su desfile orgulloso.
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Estudiante de medicina de la Universidad de Los Andes.

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