historias tristes
Cuentos cortos

Todos escuchamos siempre historias de amor con finales felices, pues son las más contadas, pero de vez en cuando leer algo diferente no está nada mal, en la variedad está el gusto dicen por ahí, es por eso que nosotros te traemos 7 historias triste y cortitas para que leas en tus ratos libres.

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A continuación 7 historias tristes

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historias cortas

Hasta que la muerte nos separe

Suelo ir al parque todas las tardes, siempre suelo observar una pareja de viejitos que lo frecuentan. Se sientan juntos en una banca y se toman fuertemente de las manos, como jóvenes que apenas acaban de conocer el amor. Viéndolos así de acaramelados realmente me hace reflexionar sobre este sentimiento que nunca creí demasiado fuerte para que durara tanto tiempo.

Un d√≠a no los vi m√°s, al menos, no juntos como sol√≠an estarlo. El se√Īor fue el √ļnico que volvi√≥, cabizbajo ahora, haciendo la misma rutina que siempre hac√≠a junto a su se√Īora. El viejito utilizaba un bast√≥n y constru√≠a sus pasos con entorpecimiento. Se sent√≥ en la misma banca de siempre, mirando al cielo que oscurec√≠a bajo el paso del tiempo. Y bajo el sol poniente como testigo, el viejito desped√≠a un sollozo, que nunca existi√≥ antes de la ausencia de su dama.

Zeus el gato persa

Ten√≠a un precioso gatito persa en casa, √©l iba y ven√≠a todos los d√≠as, no era un gato de casa que pudiese tener encerrado dentro del apartamento todo el tiempo. Zeus era un gato libre, le gustaba irse una horas al d√≠a, pero siempre volv√≠a cuando llegaba a casa del trabajo. No s√© c√≥mo vivo sin Zeus, siempre estuvo ah√≠ para m√≠, en mis mejores y peores momentos. Fue tan terrible para m√≠ su p√©rdida. Un d√≠a se fue y no volvi√≥. Lo esper√© por meses, pero no obtuve respuesta. Aunque resulta que en una de sus escapaditas mi Zeus embaraz√≥ a la linda gatita del vecino, estoy esperando por los gatitos, despu√©s de todo, son el √ļnico recuerdo viviente que tengo de √©l.

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La suerte del desdichado

Vivir en este regi√≥n siempre me sacudi√≥ hasta la rabia. Trabajar largas jornadas por una miseria de pago era lo que acostumbr√°bamos a hacer, pues no hab√≠a m√°s oportunidades, el trabajo en haciendas siempre fue lo √ļnico rentable en este infame lugar. Quise estudiar pero la pobreza de mis or√≠genes no me lo permiti√≥, as√≠ empec√© a trabajar a los 10 a√Īos para llevar algo de comida a mi boca y la de mi madre quien estaba enferma. Al poco tiempo ella muri√≥, y yo segu√≠ haci√©ndome cargo de mi mismo, hasta ahora.

La suerte del desdichado es algo que no tiene cabida en este pueblo olvidado por dios. Qui√©n sabr√° por qu√©, yo no lo s√©, ciertamente, lo √ļnico que s√© es que de la noche a la ma√Īana me qued√© sin trabajo. Un incendio arras√≥ con la hacienda en que trabajaba, hasta a los pobre animales se llev√≥. Ya no queda nada. Ese incendio lo acab√≥ todo. La hacienda m√°s cercana queda a muchos kil√≥metros, pero el incendio lo arras√≥ todo, hasta mis ganas de seguir.

El desierto

Nac√≠ y crec√≠ en Corea del Norte, mi vida no fue f√°cil. Crec√≠ tan limitada como monitoreada, no pod√≠a hacer muchas cosas libremente, como escuchar m√ļsica, al menos la m√ļsica que quisiera, o ver pel√≠culas internacionales. Las cosas fueron empeorando a medida que crec√≠a, no era culpa de mis padres, era culpa de la dictadura tan controladora en la que viv√≠amos.

Cuando la situaci√≥n se hizo insostenible, mi familia decidi√≥ emigrar, tarea muy ardua tomando en cuenta que est√° absolutamente prohibido irse de Corea del Norte. Yo no estaba consciente del peligro, pero recuerdo cuando escapamos, √©ramos mam√°, pap√° y yo. Un soborno al guardia fue suficiente al principio, luego vino lo duro. Caminamos tanto, est√°bamos perdidos. Pasamos r√≠os y monta√Īas, hasta que llegamos a un desierto, todo termin√≥ ah√≠.

Después de días caminando, mamá cayó desfallecida, la cubrimos con arena y seguimos nuestro camino en silencio. Días después, papás cayó también a falta de agua, pues me la había dejado toda a mí. Ahora estoy aquí, viendo la estrellas, esperando que ellos me vean desde allá arriba, y que en un acto de piedad, dios me lleve con ellos.

Historias tristes

El pescador

En el pueblo viv√≠a un pescador, todas las madrugadas, cuando todav√≠a era de noche, el pescador se embarcaba en su lancha y se iba mar adentro, era su placer, sentarse a observar el mar, la bruma, los p√°jaros. M√°s que pescar para subsistir, el pescador pescaba para ser feliz. Un d√≠a un terrible derrame de petr√≥leo inund√≥ las costas, aun as√≠ el pescador se volv√≠a a adentrar cada ma√Īana al mar, ahora no para ser feliz, sino para llorar por cu√°nto lo hab√≠a sido.

Las burbujas

Si alguna vez oyeron el cuento de la sirenita sabr√°n cu√°n profundo y triste es el mar. Y aunque este no es el cuento de una sirena, muy bien podr√≠a ser el de una. Silvia adoraba visitar el mar junto a su madre, era una actividad que realizaban juntas desde que Silvia estaba muy peque√Īa, pues la playa les quedaba muy cerca de casa, o m√°s bien, la playa era su casa. Pasaban incontables horas de esparcimiento entre las olas, a Silvia le parec√≠a seductora el agua, siempre se adentraba a las profundidades.

Sin embargo, un buen d√≠a, la playa dej√≥ de ser tan encantadora, la madre de Silvia hab√≠a muerto, y con ella, el amor de Silvia. Nuestra sirenita s√≠ volvi√≥ a la playa alguna vez, pero ahora aquella profundidad le pareci√≥ seductora de otra forma, y sin pensarlo dos veces, Silvia se volvi√≥ a adentrar en el mar, como anta√Īo hubiese hecho, pero esta vez para nunca salir.

El transe√ļnte

Un pajarito sol√≠a poner todos sus esfuerzo en hacer un nido en un lindo √°rbol en medio de la ciudad, iba y ven√≠a con ramitas todos los d√≠as, pasaba horas perfeccionando su pr√≥xima casita. Cuando termin√≥ su casita, de repente aparecieron los primeros huevos, eran tan bonitos, los transe√ļntes ve√≠an al pajarito empollar los huevos y segu√≠an su camino, excepto uno. Un buen d√≠a el pajarito se fue, y al regresar no pudo entender a d√≥nde se hab√≠an llevado sus polluelos.

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