El espíritu y la ciencia son los dos grandes acercamientos de la humanidad a la Verdad. Ambos buscan la verdad acerca de nosotros y de nuestro universo, ambos esperan hallar respuestas a las grandes preguntas. Son las dos caras de una misma moneda.

Unidos en su origen

La civilización mas antigua que conocemos es decir la de los sumerios (3800 a.C.), consideraba que la búsqueda de la comprensión del mundo nos rodea y del mundo de lo espiritual son la misma cosa. Había un dios de la astrología, uno de la horticultura y uno de la irrigación. Los sacerdotes de los templos eran los escribas y tecnólogos que investigaban estos campos del conocimiento. Los sumerios ya conocían el ciclo de 26.000 años, la precisión de los equinoccios, la mutación de las plantas para producir frutas y hortalizas, y un sistema de irrigación que podía alimentar a toda la “Media Luna Fértil”.

iglesia y religión
La iglesia al principio de su creación creció de forma indivisible con la ciencia. Cortesía: Pixabay

Avancemos 3.000 años, a la antigua Grecia. Los filósofos se hicieron grandes preguntas como: “¿Por qué estamos aquí?”, “¿Qué debemos hacer con nuestra vida?”. también desarrollaron la teoría del átomo, estudiaron los movimientos celestiales y buscaron los principios universales del comportamiento ético. Durante miles de años, el único estudio de los cielos fue la astrología, y de ella, nació la astronomía moderna. De la astronomía provinieron la matemática y la física. La alquimia, la búsqueda de la transmutación y de la inmortalidad, fue el semillero de la ciencia de la química, que luego se especializo en la física de partículas y la biología molecular. En la actualidad, quienes continúan la búsqueda de la inmortalidad son los bioquímicos que estudian el ADN.

Un mundo vivo

El mundo en el que creía la gente antes de la revolución científica estaba vivo. En China, los individuos veían al mundo como un juego dinámico de fuerzas energéticas que están en constante flujo. Nada es fijo ni estático, todo fluye, cambia o nace permanentemente.

Los occidentales creían que el mundo en general expresaba la voluntad y la inteligencia de un Creador Divino. Sus partes constitutivas estaban conectadas en una “gran cadena del ser”, que se extendía desde Dios, pasando por los ángeles, hasta el hombre, los animales, las plantas y los minerales, todos los cuales tenían su propio lugar en un todo viviente. Nada estaba solo, cada parte se vinculaba con las demás.

ciencia y religion
Los principios de la vida misma lleva a tener que convivir con ambas doctrinas. Cortesía: Pixabay

Los pueblos nativos de cada continente vivían en una relación armoniosa con su entorno: los animales y plantas, el sol, y a lluvia, la Tierra palpitante. Solían expresar esta percepción al encontrar “espíritus” en las montañas, los arroyos y las arboledas y basaban su religión y ciencia en como aprender a vivir de tal modo que pudieran complacer a esos espíritus de la Tierra y del cielo.

La meta de la ciencia en todas estas culturas fue la de adquirir conocimientos, para armonizar la vida humana con las grandes fuerzas del mundo natural y los poderes trascendentes que todas las culturas percibían detrás del mundo físico. La gente quería saber como actuaba la naturaleza, no para controlarla o dominarla, sino para vivir de acuerdo a su flujo y reflujo. Como escribió el físico y filosofo Ftitjof Capra en The Turning Point, “desde los tiempos de la antigüedad, la meta de la ciencia ha sido la sabiduría, comprendiendo el orden natural y viviendo en armonía con él… La ciencia fue buscada por ‘la gloria de Dios’ o como lo dirían los chinos, ‘para seguir el orden natural’ y fluir con la corriente de Tao”.

Todo esto cambio radicalmente a mediados del siglo XVI.

Desafío al poder de la iglesia

En la Europa medieval, la iglesia mantuvo una posición de poder supremo. Hacedora de reyes, dueña de la tierra y proveedora de la verdad, se arrogo el derecho de ser la única conocedora de todo. Su dogma era la ley, y su poder, absoluto. No solo legislaba acerca de la manera de actuar del mundo espiritual, en cuanto al cielo al infierno y al purgatorio, sino que también le decía al universo físico como comportarse.

En 1543, Nicolás Copérnico tuvo la audacia de desafiar a la iglesia y a la Biblia. Publico un libro que sugería que el sol y no la tierra era el centro del universo. La iglesia hizo lo mas lógico que se podía esperar, ya que al verse confrontada con la idea de que podría estar equivocada, les prohibió a sus feligreses que lo leyeran, lo incluyo en el “índice” de libros prohibidos y , sorprendentemente, ¡no lo suprimió hasta 1835!

copernico y la ciencia
Nicolas Copérnico quien además era clérigo católico quizás se preocupó más por el impacto de sus hallazgos en el mundo de la ciencia. Cortesía: Wikimedia Commons

Afortunadamente para el, Copérnico murió de causas naturales antes de que la iglesia pudiera atraparlo. Dos hombres de ciencia que apoyaron su obra no pudieron escapar con tanta facilidad. Giordano Bruno confirmó los cálculos de Copérnico y especuló que nuestro Sol y sus planetas podrían ser tan solo uno de los muchos sistemas solares de un universo interminable. Por esta terrible blasfemia, Bruno fue llevado ante la Inquisición, fue condenado por hereje y quemado en la hoguera.

¿Esperanza de Reconciliación?

La separación entre la mente y el cuerpo, que Descartes convirtió en una norma fundamental de la ciencia, en la que el descubrimiento científico creyó durante cientos de años, ha causado interminables problemas. Al considerar que el mundo fuera de nuestra mente no es mas que materia sin vida, que actúa según leyes predecibles, mecánicas y desprovista de toda cualidad espiritual o animada, nos separo de la naturaleza viviente que nos sustenta. También le ofreció a la humanidad una perfecta excusa para explotar los “recursos naturales” para nuestros propios propósitos egoístas e inmediatos, sin preocuparnos de los otros vivientes ni del futuro del planeta.

Y el planeta sufrió. Despojado de recursos y desnudo de su pureza, nuestro hogar contaminado empezó a girar hacia el abismo de la extinción.

Ciencia y Religión ¿Un gran Divorcio?
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