gato

Los cuentos infantiles sobre gatos siempre son causa de ternura. Para los amantes de los gatos no hay edad para disfrutar de historias que nos llegan al corazón. En este artículo te mostramos 5 cuentos infantiles cortos y tiernos sobre gatos.

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El gato que no crecía

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Minino tierno

Erase una vez un pequeño gatito que vivía en una caja de cartón. Una noche mientras llovía el pequeño gatito empezó a llorar de frío. Un niño que caminaba con su padre hacia su casa escuchó al pobre gatito maullar y maullar. El niño rebuscó en los alrededores al pequeño animalito y lo encontró escondido detrás de un contenedor, cuando lo vio fue a tomarlo con la mano pero el gatito se asustó y lo mordió.

No obstante al niño le dio mucha tristeza de que estuviera ahí solo en la calle con frío, así que lo volvió a intentar y esta vez el gatito confió. En su nuevo hogar los días fueron pasando y el gatito no crecía.

A pesar de que el niño lo alimentaba y por más que le daba de comer su nuevo amigo no medía más que una palma de la mano. Sin embargo el pequeño gato era muy vivaz y feliz, corría de un lado a otro, perseguía a los pájaros, a los ratones, y a pesar de ser pequeño jugaba con los otros gatos de la calle.

Hasta que un día mientras volvía a su casa se perdió. Había caminado tan lejos que ya no podía regresar, muy asustado quería brincar entre los tejados para poder ver mejor pero era tan pequeño que no alcanzaba los techos.

El carácter aventurero del pequeño animal no lo dejó darse por vencido así que iba preguntando a las lagartijas, a los otros gatos, y a los perros que vivían en la calle si sabían cómo podía llegar a su hogar. Sentía que estaba cerca pero por mala suerte se topó con una rata malvada que lo persiguió hasta alejarse nuevamente.

Cuando estuvo a salvo en el alfeizar de una ventana el gatito estaba agotado de tanto correr. A pesar de su mala suerte, todo dio un giro cuando una anciana que estaba observando lo ocurrido lo dejó entrar a su casa.

La anciana conmovida le dio alimento y un rincón seguro para dormir, sin embargo el gatito ya no era feliz. Su mayor sueño era regresar a su hogar con el niño y su padre, así que estuvo triste y cabizbajo todo el tiempo que estuvo con la anciana.

Mientras tanto pasaron varias noches y el niño estaba muy triste porque su gatito no volvía. Lo buscó por todas partes sin éxito, por lo que su padre lo ayudó a colocar carteles por todas partes esperando que alguien lo haya visto. Aun no habían recibido noticias, pero la anciana volviendo de su paseo diario se percató de uno de los carteles e inmediato reconoció al pequeño gatito.

Al llegar a su casa llamó al número que aparecía en el cartel y le dio la buena noticia al padre del niño. Ese mismo día la anciana llevó al pequeño gato en una cesta para entregarlo a sus antiguos dueños y cuando éste escuchó la voz del niño, saltó de la canasta y corrió feliz a reencontrarse con su amigo.

Tomi el gato

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Gato negro tierno

Erase una vez un gato que vivía en el sótano de un edificio. Este gato no era el típico gato de hogar, sino que era un gato callejero.

Tomi era un gato muy vivaz que por las noches salía a robar comida en los restaurantes. Cuando abrían las puertas de servicio que daban a los callejones, Tomi esperaba el momento justo para saltar sobre el cocinero y entrar corriendo en la cocina. Mientras lo perseguían Tomi tomaba el pescado que había sobre los mesones y salía rápidamente por la puerta dando brincos y carreras por todo el callejón.

Cada noche Tomi volvía con su manjar al sótano abandonado donde vivía con otros cinco gatitos que lo esperaban para comer. Estos gatitos eran su única familia, unos eran negros, otros eran blancos y uno era amarillo.

En ese edificio donde no vivía nadie, comían juntos y dormían juntos, nadie los molestaba, también estaban a salvo de cualquier peligro que había en la calle y se mantenían secos de la lluvia. Sin embargo no tenían el calor de un hogar.

Todo seguía igual hasta que una noche cuando Tomi se dirigía a buscar su pescado, una joven muchacha decidió adoptarlo. La joven que lo vio caminando solo, se percató de que no llevaba ningún collar. Creyendo que aquel gato estaba solo, lo cargó y lo llevó a su casa imaginando cuanto lo cuidaría y lo mimaría.

Tomi que estaba muy asustado y preocupado por los gatitos empezó a maullar en la puerta de la muchacha para que ésta lo dejara salir. Por supuesto la muchacha no entendía lo que le pasaba al gato, entonces decidió no prestarle atención. Tomi al ver que la joven no le hacía caso, esperó el momento perfecto para salir por la ventana.

-Si soy sigiloso podré salir por la ventana y volver con los gatitos…  Pensó Tomi con perspicacia. Sin embargo la muchacha salió de la casa para correr tras él. Cuando lo siguió vio que el gato entraba por una pequeña ventanita rota que estaba oculta al ras del suelo.

Silenciosamente se asomó a la ventana y lo que vio le tocó el corazón. Los pequeños gatitos daban brincos de alegría al reencontrarse con Tomi. Estos eran muy dichosos porque sentían que estaban juntos de nuevo.

Desde entonces la joven entendió que no podía separarlos, así que decidió que quizás si los adoptaba a todos juntos ésta vez sí serían felices. ¡Y así fue! Esta vez los llevó a todos a su casa y crecieron juntos y felices.

El gato marinero

Gato tierno

Erase una vez la historia de un gato marinero, que había viajado a bordo de un gran barco que se dirigía a las Américas. Este gato que un día había subido a ese barco en búsqueda de ratones para cazar, no se percató que iniciaría un largo viaje.

Mientras brincaba entre las cajas de comida del almacén, escuchó a una de las cocineras:

-Por fin dejaremos este frío atrás. En un par de meses estaremos en tierras cálidas.

El gato joven no entendía de qué se trataba así que siguió rebuscando en silencio algunos pescados apetecibles. Pero al poco tiempo de haber entrado en esa sala, un gran ruido lo sacó de su concentración. El barco había zarpado y con él dejaba atrás su antigua vida de cazar ratones en los callejones de la ciudad.

Salió de la cocina y cuando asomó su cabeza por la ventana, vio que su ciudad se veía muy a lo lejos. Estaba en medio del mar y las pequeñas luces de los edificios se apagaban poco a poco en la distancia.

Cuando el minino cayó en cuenta de lo que pasaba empezó a llorar. Se sentía muy solo y tenía miedo, pero un joven marinero que lo escuchó, se acercó lentamente para acariciarlo. Pero como aquel gato era muy desconfiado, salió corriendo y escapó.

Corrió pasando por el medio de las piernas que caminaban rápidamente en todas las direcciones, hombres y mujeres iban de un lado a otro cargando cajas, arrastrando baúles, gritando y riendo. Unas manos desconocidas lo intentaron agarrar, pero esto lo que hizo fue aumentar más la confusión del gatito que no hallaba donde poder descansar.

El gato por fin encontró un rincón donde esconderse y estaba tan cansado que cuando todo quedó en silencio cayó en un profundo sueño.

A la mañana siguiente cuando el gato abrió los ojos tenía frente a él un plato de comida. No se imaginaba quien le había colocado ese bocado que estaba justo frente a sus ojos, pero tenía tanta hambre que no pudo contenerse y comió todo lo que había allí.

Todas las noches después de recorrer el barco volvía a su escondite para descansar y como siempre, todas las mañanas encontraba un plato con comida justo frente a el.

Fue tanta la curiosidad que sentía de saber quién le ponía los platos con alimento que una noche se hizo el dormido. Cuando escuchó que unos pies se acercaban, abrió uno de sus ojitos para poder descubrir a la persona que ponía los platos de comida. ¡Y resultó que era aquel joven marinero que el primer día lo quiso ayudar! Desde ese entonces nació una bonita amistad.

El gato travieso

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Minino en el arbol

Esta es la historia de un gato incomprendido. Apareció en un vecindario sin que nadie se diese cuenta. Una mañana mientras dormía sobre el felpudo de una casa, lo despertó los pasos del viejo gruñón. Aquel viejo anciano había intentado darle un escobazo en varias oportunidades, así que cada vez que lo escuchaba acercarse por la puerta se echaba a correr.

El viejo y el gato parecían enemigos. El gato rompía las sabanas que el viejo dejaba colgadas en el patio y el viejo intentaba por todos los medios cazar al gato que tantos dolores de cabeza le daba. Todos los días sucedía algo entre ambos personajes.

Un día mientras el viejo recogía las hojas secas de su jardín, el gato lo esperaba agazapado en la rama de un árbol. Sin que nadie lo viera el gato se abalanzó por sorpresa sobre la cabeza desnuda del anciano y entre gritos y arañazos el anciano intentó defenderse con lo único que tenía a la mano, pero el gato que era más audaz se escapó.

Sin embargo estas cosas no eran las que más molestaban al anciano, lo peor de todo era durante la navidad. Cuando llegaban las fechas decembrinas el gato solía escabullirse en aquella casa por las noches y brincaba sobre el árbol de navidad, enredándose en las luces y desarmando todos los adornos que el anciano se tomaba horas en colocar.

En esas frías mañanas cuando el viejo iba a la cocina por su café, lo primero que veía eran todos los muñecos desparramados por el suelo. El anciano ya cansado de las travesuras del gato, se dispuso a tomarlo por sorpresa.

Como sabía que el gato dormía en los alrededores de su propiedad, esa mañana se levantó más temprano de lo normal. Mientras vigilaba al gato para ponerle una trampa, observó que unos colegiales se acercaban a la casa. Los niños al ver al gato, corrieron hacia el para atraparlo.

En ese momento el anciano pensó que los niños iban a llevarse aquel gato, pero cuando vio que los niños empezaron a lanzarle piedras para lastimarlo algo cambió en su corazón. Lo invadió una profunda tristeza al pensar que algo realmente malo podría pasarle a ese animal indefenso frente a los niños. Así que salió de la casa para defender al minino que tanto lo había molestado.

El gato agradecido por la ayuda que le había dado el anciano, más nunca volvió a hacerle travesuras, sino que en cambio el viejo por fin lo adoptó en su hogar. Ambos se hicieron inseparables y fueron grata compañía.

El gato y el loro

El gato y el loro

Erase una vez un gato y un loro. Se podría pensar que ambos personajes no podrían llevarse bien juntos, pero esta es la historia de una gran amistad.

Una tarde lluviosa mientras el gato intentaba coger las galletas de la alacena como era de costumbre, se percató que sus dueños regresaban de trabajar más temprano de lo usual. Pero ese día no llegaban solos, sino que traían consigo una pequeña caja de zapatos vieja, húmeda y malgastada.

Observó de lejos aquella fea y maloliente caja de cartón, pero no imaginó lo que se encontraba en su interior. En el momento que sus dueños se alejaron, el gato curioso abrió la caja y con sorpresa vio que allí estaba medio dormido un pequeño pajarillo desvalido. Se trataba de Donki, el loro.

Los señores pensaron que su gato intentaba comerse al nuevo miembro del hogar, así que espantando al gato colocaron al pequeño lorito en una jaula.

Donki había llegado a la casa como un loro sin hogar. No tenía alas y no podía volar. Un día el gato viendo aquella ave triste, decidió acercarse a su jaula para poder hablar pero por más que el gato le hacía preguntas el lorito no quería contestar.

Cansado de tanto intentarlo, el gato esperó a que sus dueños los dejaran solos para abrir la jaula de aquel loro. Ese gesto llamó la atención del ave, y por primera vez desde que llegó a la casa por fin pudo hablar:

-¿Me comerás? Preguntó el loro cabizbajo.

-¡Ahora sí quieres hablar! – Le respondió el gato mientras se estiraba – pero no. No te voy a comer. Aunque yo sea un gato ahora vives aquí así como yo, junto a los amos.

Sorprendido por aquella respuesta, el loro comenzó a confiar poco a poco en aquel gato y cada tarde abría la jaula del loro para ir a caminar.

El lorito aprendió junto al gato que podía brincar de un lado a otro, primero aprendió a brincar de la jaula a la mesa, de la mesa a la silla y de la silla al suelo. Así caminaban por la casa y a medida que pasaba el tiempo el lorito aprendió a cantar. De esa manera con la ayuda del gato la vida de Donki al fin parecía mejorar.

Los señores de la casa jamás imaginaron que la mejoría del lorito se debía a la ayuda de su gato, así como nunca supieron como era que el loro salía de su jaula todas las tardes cuando ellos se iban a trabajar. 

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