11 Ejemplos de poemas para mujeres

La poesía es uno de los géneros más puros y honestos, pues surgen de una emoción arraigada, utilizando lápiz y papel para liberarla al mundo y, a la vez, retirar un peso de los hombros enamorados, angustiados o enojados. La inspiración de tales sentimientos puede ser tan variada como estrellas en el cielo, sin embargo, una frecuente suele ser aquella que tiene nombre de mujer; sean unos versos dedicados a la hermana, madre, abuela, vecina, amiga o amada, las palabras se reúnen y surgen hermosas tonadas, avivando el ser y recordando la importancia de la mujer para que sea querida, valorada, admirada y, sobre todo, respetada.

Por ello, hemos reunidos algunos poemas escritos por o para alguna mujer o mujeres, que intentan reflejar el sentir diario de las féminas al amar, sufrir o simplemente existir en una sociedad primeramente patriarcal que la hace luchar para poder ser, para poder salir a, simplemente, respirar. 

Poemas para mujeres

1. “Te mereces” de Frida Khalo

Te mereces un amante que te quiera despeinada
con todo y todas las razones que te hacen despertarte deprisa y los demonios que no te dejan dormir. 
Te mereces un amante que te haga sentir segura, 
que haga desaparecer el mundo si camina de tu mano, 
alguien que cree que sus abrazos son el mejor complemento de tu piel. 
Te mereces un amante que quiera bailar contigo, 
que llegue al paraíso cada vez que te mira a los ojos 
y que nunca se canse de estudiar tus gestos. 

Te mereces un amante que te escuche cuando cantas, 
que te apoye cuando estés avergonzada y respete tu libertad; 
que vuela contigo y no tenga miedo de caer. 
Te mereces un amante que se lleve las mentiras 
y te traiga esperanza, café y poesía.

2. “Somos mujeres” de Elvira Sastre

Miradnos.
Somos la luz de nuestra propia sombra,
el reflejo de la carne que nos ha acompañado,
la fuerza que impulsa a las olas más minúsculas.

Somos el azar de lo oportuno,
la paz que termina con las guerras ajenas,
dos rodillas arañadas que resisten con valentía.

Miradnos.
Decidimos cambiar la dirección del puño
porque nosotras no nos defendemos:
nosotras luchamos.

Miradnos.
Somos, también, dolor,
somos miedo,
somos un tropiezo fruto de la zancadilla de otro
que pretende marcar un camino que no existe.
Somos, también, una espalda torcida,
una mirada maltratada, una piel obligada,
pero la misma mano que alzamos
abre todas las puertas,
la misma boca con la que negamos
hace que el mundo avance,
y somos las únicas capaces de enseñar
a un pájaro a volar.

Miradnos.
Somos música,
inabarcables, invencibles, incontenibles, inhabitables,
luz en un lugar que aún no es capaz de
abarcarnos, vencernos, contenernos, habitarnos,
porque la belleza siempre cegó los ojos
de aquel que no sabía mirar.

Nuestro animal es una bestia indomable
que dormía tranquila hasta que decidisteis
abrirle los ojos con vuestros palos,
con vuestros insultos, con este desprecio
que, oídnos:
no aceptamos.

Miradnos.
Porque yo lo he visto en nuestros ojos,
lo he visto cuando nos reconocemos humanas
en esta selva que no siempre nos comprende
pero que hemos conquistado.

He visto en nosotras
la armonía de la vida y de la muerte,
la quietud del cielo y del suelo,
la unión del comienzo y del fin,
el fuego de la nieve y la madera,
la libertad del sí y el no,
el valor de quien llega y quien se va,
el don de quien puede y lo consigue.

Miradnos,
y nunca olvidéis que el universo y la luz
salen de nuestras piernas.

Porque un mundo sin mujeres
no es más que un mundo vacío y a oscuras.
Y nosotras
estamos aquí
para despertaros
y encender la mecha.

3. “Muy poco y muy gris el tiempo que te queda” de Miyó Vestrini

Soy frágil
para los amados.

Algún asesino más poderoso
más fuerte
me interceptó cuando cruzaba
el callejón de los cuchillos
y me atajó.

Silencio mujer
dijo
de nada valdrá tu queja
en este momento
ni en los otros.

Muy poco
y muy gris
el tiempo que te queda
en esta madrugada de perros realengos
y borrachos asustados.

Déjame un instante
dije,
medir la luz que todos los días
me recibe y me abandona.

Déjame llorar un rato a solas.
Pero sólo había frío
en el callejón de los cuchillos.

4. “Mamá, tú no cumples años, cumples sueños” de Elvira Sastre

Llevas más de medio siglo
a las espaldas
pero en tus ojos,
algunos días,
a media tarde,
cuando el reloj hace sombra
con tu libro y el café,
se te inundan los ojos de primaveras
y por un momento parece
que vuelves a estar en tu habitación de niña,
que los rizos te sacuden los hombros
mientras conquistas algún columpio
y los parques y los libros y la merienda
se convierten en tus mejores aliados.

Llevas a la espalda también
varios cuerpos llenos de amor.
Uno se enamoró de ti
como un loco poeta
y dejó de mirar a la luna
cada vez que tú abrías los ojos
-aún se le puede ver de noche
con la ventana abierta
mirando tu cara dormida-.
Otras
salieron de ti
como salen los milagros,
apretando fuerte los puños
y cerrando los ojos,
mientras tú abrías esas alas
que no te caben en el pecho,
y te amaron
-te aman-
incluso cuando vuelan lejos
de tus brazos
porque tú les enseñaste a vivir.
Una de ellas
es la belleza hecha carne,
cómo no serlo si lleva tu cara
y tus andares
y esa mirada tan vuestra
que oculta tanto misterio
que hasta los ciegos os quieren leer.
Otra
se sigue escondiendo detrás de tus piernas
cada vez que sale a la calle,
busca tus dedos entre su pelo
porque solo tú
le llenas el cabello de tanta ternura
que sólo hay paz en su cabeza,
hunde la nariz en tu abrazo
para tenerte
cuando no estés en la habitación de al lado,
llora cuando le explota el pecho izquierdo
pero se le pasa al tercer latido
porque sabe
que tú
sigues
ahí,
que eres su casa,
y que no hay mejor lugar
que tú.
Lo que quiero decir,
mamá,
es que mientras tú cumples años
los demás cumplimos sueños contigo.
Verte reír
es un atentado contra las lágrimas;
verte vivir
es saber que ninguna guerra
llegará a nuestras trincheras;
verte,
en definitiva,
es aprender el amor
y la vida.
No dejes de cumplir años,
no dejes de cumplirnos,
no dejes de vivir.
No te vayas nunca,
mamá.

5. “Si me quieres, quiéreme entera” de Dulce María Loynaz

Si me quieres, quiéreme entera,
no por zonas de luz o sombra...
Si me quieres, quiéreme negra
y blanca. Y gris, y verde, y rubia,
y morena...

Quiéreme día,
quiéreme noche...
¡Y madrugada en la ventana abierta!

Si me quieres, no me recortes:
¡Quiéreme toda o no me quieras!

Frases de mujeres

6. “¿Por qué grita esa mujer?” de Susana Thenon

¿Por qué grita esa mujer?
¿Por qué grita?
¿Por qué grita esa mujer?
Anda a saber
 
Esa mujer ¿por qué grita?
andá a saber
mirá que flores bonitas
¿por qué grita?
jacintos           
margaritas
¿por qué?
¿por qué… qué?
¿por qué grita esa mujer?
 
¿y esa mujer?
¿y esa mujer?
vaya a saber
estará loca esa mujer
mirá           
mirá los espejitos
¿será por su corcel?
andá a saber
 
¿y dónde oíste
la palabra corcel?
es un secreto.
Esa mujer…
¿por qué grita?
mirá las margaritas
la mujer
espejitos
pajaritas
que no cantan
¿por qué grita?
que no vuelan
¿por qué grita?
que no estorban
la mujer
y esa mujer
¿y estaba loca mujer?
 
Ya no grita
 
(¿Te acordáis de esa mujer?)

7. “Rotundamente negra” de Shirley Campbell

Me niego rotundamente
A negar mi voz,
Mi sangre y mi piel.

Y me niego rotundamente
A dejar de ser yo,
A dejar de sentirme bien
Cuando miro mi rostro en el espejo
Con mi boca
Rotundamente grande,
Y mi nariz
Rotundamente hermosa,
Y mis dientes
Rotundamente blancos,
Y mi piel valientemente negra.

Y me niego categóricamente
A dejar de hablar
Mi lengua, mi acento y mi historia.

Y me niego absolutamente
A ser parte de los que callan,
De los que temen,
De los que lloran.

Porque me acepto
Rotundamente libre,
Rotundamente negra,
Rotundamente hermosa.

8. “Mujer” de E. Padrón

Hoy quiero guardar tiempo de silencio,
por las almas buenas,
que hoy ya no están.
Esas que ni tumba alcanzan y penan,
en la eternidad.
Recibieron rosas entre golpe y golpe
y tal vez un beso.
Fueron engañadas por las risas bellas,
genuina mentira.
¿Y cómo es posible
que quien dice amarte
te pueda dañar?
Miedo que consume,
tras un puño rudo que causa dolor.
Terror tras los gritos
y agresión que escupe tan solo terror.
Amenaza infame
que cierra tus puertas
y tira la llave.
Que corta ilusiones,
deseos,
la vida…
¡Eso no es amor!
El amor es viento apacible y bello,
que besa y abraza,
que te ve preciosa, que te quiere libre,
feliz y triunfante.
Ese sentimiento no puede dañarte,
es lo más sublime que puede arroparte.
Y puedes confiar en quien te respeta,
protege, valora y te da un lugar:
el lugar perfecto, el más importante.
El hombre que te ama comparte tus sueños
y te hace vibrar,
es tu luz etérea y cuida de ti,
como el gran tesoro que pueda tocar.
Mujer, eres luz.
Mujer, eres fuerza.
Mujer, eres vida.
¡Atrévete a ser!
Ámate, mujer.

9. “Hombres necios que acusáis” de Sor Juana Inés de la Cruz

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:

sí con ansia sin igual
solicitáis su desdén
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?

Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Opinión, ninguna gana;
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y otra por fácil culpáis.

¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende
sí la que es ingrata, ofende,
y la que es fácil, enfada?

Más, entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?

¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?

Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.

10. “No quiero” de Ángela Figuera Aymerich

No quiero
que los besos se paguen
ni la sangre se venda
ni se compre la brisa
ni se alquile el aliento.
No quiero
que el trigo se queme y el pan se escatime.

No quiero
que haya frío en las casas,
que haya miedo en las calles,
que haya rabia en los ojos.

No quiero
que en los labios se encierren mentiras,
que en las arcas se encierren millones,
que en la cárcel se encierre a los buenos.

No quiero
que el labriego trabaje sin agua
que el marino navegue sin brújula,
que en la fábrica no haya azucenas,
que en la mina no vean la aurora,
que en la escuela no ría el maestro.

No quiero
que las madres no tengan perfumes,
que las mozas no tengan amores,
que los padres no tengan tabaco,
que a los niños les pongan los Reyes
camisetas de punto y cuadernos.

No quiero
que la tierra se parta en porciones,
que en el mar se establezcan dominios,
que en el aire se agiten banderas
que en los trajes se pongan señales.

No quiero
que mi hijo desfile,
que los hijos de madre desfilen
con fusil y con muerte en el hombro;
que jamás se disparen fusiles
que jamás se fabriquen fusiles.

No quiero
que me manden Fulano y Mengano,
que me fisgue el vecino de enfrente,
que me pongan carteles y sellos
que decreten lo que es poesía.

No quiero amar en secreto,
llorar en secreto
cantar en secreto.

No quiero
que me tapen la boca
cuando digo NO QUIERO.

11. “Desde la insignificancia” de Patricia Karina Vergara Sánchez

¿Cómo te atreves?
Insolente.

Pretendes calificarme
sin saber cómo se vive
desde la orilla del acantilado.

Tú, ostentando propiedad
del mundo.
de su idea moral
y del buen proceder.

Te estorbo tanto,
que sería largo
tratar de enumerar,
en exacto,
aquello que juzgas.

Que me he negado
a ser tu musa
o la imagen étnica
que te justifica.
Que me he cansado
de la servidumbre.
Que estoy harta
de la incondicionalidad absurda.

Probablemente,
es porque tomé la opción
de abrir la mirada,
de escuchar mi voz,
de nombrar a mi hermana,
y hube de apropiarme
de mi hacer autonomía.

Entonces, me acusas:

Que soy vanidosa.

Que me falta sabiduría
– para entender tus reglas-.

Que de mi boca salen mentiras
– porque no me puedo tragar tus verdades-.

Porque tomé la palabra.
Porque inventé mi camino.
Me llamas infiel.
Otra vez soy la hereje.
Nuevamente, la pecadora.

Tú, desde la altura iluminada,
sentencias, como si pudieras,
sobre el alma mía,
y me llamas mujer de oscuridad.

Desde tus altares,
ante tus tribunas,
empuñando tu cetro.
Has ordenado desfigurar
la imagen de mi rostro.
Has intentado borrar mi nombre
de los testimonios.

Pero,
no logras el olvido
de mi existencia.

Déjame, Déjame.
Elijo ser la paria.
La infecciosa.
La insuficiente.

Me quedo aquí,
vanidosa,
instintiva,
con mi inteligencia poca,
con mi verdad sombría.

Me quedo aquí,
Sentada en mi soberbia.
Ya que una cosa entiendo.
Una sola, es cierto:

Si ando tan errada;
Si tengo el camino tan perdido;
Por qué insistir en negar
lo que no cuenta.

Por qué tú, desde el poder,
te ocupas de contenerme,
de acosarme, de acorralarme.
Por qué, si soy apenas nada.

Por qué, entonces,
mis preguntas abren grietas.

Por qué si cuestiono yo,
tú y tus jerarquías remojan cimientos.

Por qué, si abro yo la boca,
tú tiemblas.
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