Pedro I es uno de los zares más importantes de Rusia, modernizó el país y lo hizo más cercano a Europa. Sin embargo, una de sus facetas poco conocidas es la de sus excentricidades, entre ellas era aficionado a las rarezas humanas, almacenando cabezas y cadáveres disecados. También creó el primer museo del país, llamado Kunstkamera, que sería el lugar de concentración de la pasión que Pedro I sentía por las cosas inusuales.

Kunstkamera

El museo Kunstkamera estaba ubicado cerca del río Neva en san Petersburgo, antigua capital de Rusia. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

Fue el primer museo del Imperio Ruso, este albergó casi todas las excéntricas rarezas muertas que Pedro I coleccionaba. La idea de su creación surge en 1707 luego de que el Zar viajará a Ámsterdam de incógnito y observará las colecciones curiosas de algunos anatomistas y taxidermistas. El edificio del museo se construyó en 1719 y en 1724 Pedro I donó su colección a la Academia de Ciencias de San Petersburgo, a la que aún en la actualidad pertenece.

En principio Kunstkamera alojaba una gran colección de historia natural pero a ello se fue sumando la colección personal con las excentricidades de Pedro I, entre ellas la cabeza de una de sus amantes, María Hamilton, varios enanos, lenguas, penes, un niño de tres cabezas y un feto de manatí del tamaño inferior a un dedo. También conservaba en alcohol fetos y cadáveres de bebés nacidos con deformidades. Además, conservaba una colección de aves albinas como urracas y cuervos blancos, actualmente es el único lugar donde puede verse un pingüino albino disecado. La colección se mantuvo creciendo en los últimos tres siglos pero el ala principal del museo está dedicada a la colección original.

María Hamilton

María Hamilton esperando la ejecución, pintura de Pavel Svedomskiy. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

Hamilton era una dama de compañía de la emperatriz Catalina I (posterior emperatriz en solitario no debe confundirse con Catalina II, la Grande), lo que no impidió a Pedro I comenzar una aventura con ella. Sin embargo, Hamilton también tenía un amante, Orlov, que al ser interrogado por el zar sobre unos documentos perdidos confesó que ella había abortado dos veces y que ahogó al bebé nacido de su tercer embarazo, con un 50% de probabilidad de que fuese un bebé real, la pena por su delito era quemarla viva. Cabe destacar que el zar había encontrado a un niño muerto hace muchos años por lo que no fue difícil hacer la conexión.

Declarada culpable fue sentenciada a la decapitación, aunque Catalina I intervino en su favor no sirvió de nada y ejecución se llevó a cabo. Pedro I advirtió a su amante que el verdugo no podía tocarla, el Emperador subió al cadalso y le dio un beso. Una vez ejecutada la sentencia, el zar tomó la cabeza, explicó ante el público los órganos que había cortado la espada, la besó de nuevo y tiró la cabeza, acto seguido ordenó que la conservaran en alcohol. Estuvo en la Kunstkamera hasta el gobierno de Catalina II.

Como curiosidad extra, cuando descubrió el zar que su esposa le era infiel con Willem Mons (hermano de una de sus amantes), hizo que lo torturaran y decapitaran conservando su cabeza en un frasco con alcohol en la habitación que compartía la pareja imperial.

Los Gigantes

Retrato de Pedro «El Grande». Aunque su apelativo se debe a la modernización de su país también pudo aplicar por su altura. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

Aunque por sí mismo Pedro I pudo haber sido calificado como un gigante, ya que medía 2.04 metros, sentía una atracción por las personas que sufrían de gigantismo. Como un francés llamado Burgeois, de unos 2.26 metros, al cual llevó a Rusia y ofreció pagarle una buena cantidad de dinero al año si se casaba con una mujer finesa de la misma altura. La intención del zar era que los hijos del matrimonio fuesen monstruosos o por lo menos de una altura considerable. Sin embargo, la pareja no pudo concebir y los pagos fueron suspendidos. Además, obligó a Burgeois a disfrazarse de niño pequeño y ser cargado por enanos. Tras la muerte del gigante, su cuerpo fue embalsamado y se guardó en Kunstkamera, su estómago, hígado y riñones fueron conservados en alcohol.

Los Enanos

Pintura títulada Enano de Juan van der Hamen. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

En el resto de Europa los enanos en la corte eran vistos como algo corriente pero no en Rusia donde muchos zares y emperatrices los consideraban de lo más divertido y curioso. Apenas en la entrada de Kunstkamera había un enano embalsamado que hacía de guardia y decoración, tenía como otra rareza sólo dos dedos en cada mano y pie. Entre las mayores excentricidades de Pedro I se encuentra su “colección de enanos” vivos, cuya ocupación era entretenerle. Alguna de las cosas que debían hacer para él era vestirse con ropa grande en colores llamativos, hacer sonidos de animales o salir del interior de tortas, esta última su diversión favorita.

Incluso hizo gala de su “colección de enanos” para animar la boda de su sobrina, Ana. Cedió a varias familias nobles un enano al que debían cuidar y vestir para el día de la boda. Durante la ceremonia entró el cortejo precedido por un enano, los novios, los zares, luego entraron los mariscales y el resto de la “colección” en parejas. La fiesta se realizó en el palacio de Aleksander Menshikov, el consejero más cercano del zar. Ahí se dispusieron mesas diminutas en el centro para los enanos, quienes después tuvieron que levantarse a bailar.

Pese a lo ya mencionado se dice que Pedro I sentía un gran afecto por sus enanos, a su favorito incluso le concedió que se casará al estilo real. Se cree que esta peculiaridad surge desde su niñez cuando a menudo jugaba con enanos, quienes fingían ser su escolta.

Decreto

Fetos con anomalías parte de la colección del Kunstkamera. Imagen tomada del blog El Coleccionista de Instantes.

Tal fue el grado de obsesión por las rarezas de Pedro I que en 1718, por decreto real ordenó que cualquier peculiaridad humana o animal debía serle notificada, a cambio obtendría una cantidad de rublos según el hallazgo. El precio más alto era por una rareza humana viva que costaba 100 rublos, 15 si estaba muerto y de 10 a 3 rublos por animales según su rareza y si estaba vivo o muerto. También, ordenó a los hospitales de San Petersburgo notificarle cuando se tuviera que hacer una operación sin importar hora ni lugar. Para las provincias se ordenó a los gobernadores buscar rarezas para el zar.

En conclusión, Las excentricidades de Pedro I se orientaron hacia las anomalías físicas en humanos y animales, a las que no sólo veía como mero objeto de estudio sino como diversión personal y algunas de ellas como venganza.


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