… y un día, apareció una criatura cuyo material genético no difería grandemente de los enjambres moleculares reproductivos de cualquiera de los demás organismos existentes en su planeta, al que llamo Tierra. Pero era capaz de reflexionar sobre el misterio de sus orígenes, sobre el sendero desconocido y tortuoso por el cual escapo de la materia estelar. Era la materia del cosmos contemplándose a sí misma. Se llamó hombre. Era miembro de la familia estelar. Y anhelaba regresar a las estrellas. Carl Sagan

vuelo de parapente
El uso de parapente ha acercado al hombre a surcar los cielos. Cortesía: Pixabay

Somos un mamífero que no puede volar, tener alas hubiera representado sacrificar nuestra estructura craneal y ósea, desarrollar un cerebro único y con ello parte de una inteligencia que nos ha permitido suplir ese problema construyendo aviones y cohetes. Parece que instintivamente siempre hemos querido alcanzar el cielo volando, desde las mitologías más antiguas, hasta los modernos cohetes que nos han permitido llegar a la Luna, pasando por los proyectos de Leonardo da Vinci y otros inventores.


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Volar al espacio: Uno de los más grandes anhelos humanos

El ser humano siempre ha querido volar y la literatura nos ha dado muestras de esa ambición desde la leyenda de Ícaro y Dédalo o los discos voladores de la Ramayana y Mahabharata, hasta las más modernas técnicas de vuelo. La Primera Guerra Mundial demostró la importancia del dominio del espacio exterior, llegar a la Luna, y en el futuro alcanzar otros planetas de nuestro sistema solar y llegar a las estrellas.

La guerra fría precipito a las grandes naciones a la construcción de artefactos capaces de llegar a la Luna y surcar el espacio. Las novelas y los cómics nos deleitaron con sus cohetes. Julio Verne con su Viaje a la Luna, el cohete del doctor Harkov en el que Flash Gordon viaja al planeta Mongo donde la fantasía de desbordante, o el cohete de Tintin en su viaje a la Luna en la que descubriría agua en sus grutas interiores.

De los cohetes pasamos a las naves de la cinematografía, como el Halcón Milenario de Han Solo en Star Wars, o la Discovery de 2001: Una Odisea en el espacio, la Icarus II, nave de Sunshine, la USS Enterprise de la serie Star Trek, el Nostromo de Alíen, el octavo pasajero, en el que viaja la teniente Ripley, la nave Battlestar de la serie Galáctica, el platillo volante de la película El día en que la Tierra se detuvo.

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USS Enterprise (NCC-1701-A) que aparece en Star Trek IV, muestra la idealización del ser humano por dominar el espacio exterior. Cortesía: Wikimedia Commons

Seguimos con la nave en la que llega Gort y Klaatu con su mensaje de paz de Encuentros en la tercera fase, la monumental nave estática de Contacto basada en la novela de Carl Sagan, la nave de la serie Babilón, y finalmente los platillos voladores de la Guerra de los mundos, con sus periscopios lanzadores de rayos, tema que aprovecho Orson Wells para aterrar a sus radioyentes con la transmisión de invasión de “marcianos” a la Tierra.


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Indudablemente todas las naves citadas son de ciencia ficción, el problema de los viajes espaciales es mucho más complejo de lo que parece, especialmente por las grandes distancias que nos separan de los planetas y de las estrellas más próximas, una recorridos que crean problemas de combustibles adecuados, empujes que den velocidades hoy imposibles en nuestra tecnología y, finalmente, los problemas de resistencia humana al espacio exterior con todos sus peligros para nuestra salud.

En realidad nuestro Sol, con su corte de planetas, está situado en una zona de la galaxia, lejos de los conglomerados y cúmulos de estrellas donde saltar de una a otra seria más sencillo. Un cohete moderno alcanza alrededor de 70.000 kilómetros por hora, eso significaría que para llegar a la estrella más cercana, Próxima Centauri a 4,2 años luz, necesitaría un mínimo de 70.000 años. Las siguientes estrellas más cercanas también son del grupo Centauri, Alfa A y B, a 4,3 años, luz, tras estas, la estrella más próxima a nuestro Sol es una enana roja, Barnard a 5,9 años luz, seguidamente Wolf 359, otra enana roja a 7,6 años luz, a partir de estos astros los más próximos están a más de 8 años luz, como es el caso de Lalande 21185 Sirius A, Sirius B y UV ceti A.

Saber que no estamos solos

El lector se preguntara para que queremos ir a las estrellas. Queremos ir para averiguar si tienen planetas a su alrededor, y si alguno de ellos es como la Tierra, con vida y tal vez seres inteligentes, civilizaciones diferentes a la nuestra con sus inventos, sus creencias y sus paradigmas. Pero también sería el mayor descubrimiento de la ciencia, saber que no estamos solos en el Universo. El estado y el misterio del cerebro son dos de las últimas fronteras que nos quedan por explorar, al margen del misterio de la vida y las partículas de la física cuántica. De todas estas fronteras, posiblemente, la que más dificultades comporta es la conquista del espacio, no solo por sus costes económicos sino también por la necesidad de un combustible adecuado que impulse a nuestras naves y nos permita alcanzar grandes distancias.

Desde lo más profundo del espacio silencioso
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