Este artículo nos concierne a todos por igual. Se trata de un modesto intento para mejorar nuestra calidad de vida, nuestra seguridad y ayudarnos a prevenir situaciones que pueden provocar perjuicios. O mejor aún, de una especia de guía para adoptar algunas normas de sentido común que nos ayuden a vivir más tranquilos. Nuestra concepción del término “seguridad” debe ser amplia y no quedarse en lo criminal o en lo penal, de nada sirve que no consigan robarnos en casa, si esta se quema, o si cada vez que usamos nuestro automóvil estamos a punto de provocar un accidente vial.

Seguiremos en la secuencia de la explicación del miedo y la inseguridad anteriormente planteados en otro articulo. Nos ocuparemos primero de aquellos aspectos preventivos propios sea que seamos niño, o niña, adolescente, persona adulta o persona mayor.

Luego, hablaremos de cómo mejorar la seguridad de nuestra vivienda, para luego reflexionar un poco sobre algunas de las principales actividades que hacemos afuera de ella para poder prevenir un poco más cualquier tipo de accidente.

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Los robos inquietan nuestra integridad como personas, y debemos realizar acciones tanto propias como en conjunción con los servicios de seguridad para evitarlos. Cortesía: Pixabay

Las consecuencias de los desastres naturales, la lacra del terrorismo y el modo en que podemos ayudar mejor a las fuerzas de seguridad pública a cumplir con su trabajo serán las cuestiones con las que acabaremos.

Las situaciones que describimos son las que, estadísticamente hablando, tienen mayor posibilidad de que nos afecten, pero no por ello son las únicas. Por ellos hemos intentado también ir formando al lector en actitudes para la prevención, en acciones simples, en hábitos de reflexión sobre lo que pude suceder y que, de un modo u otro, le preparen para aumentar la seguridad en situaciones personales concretas y particulares.


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No hemos encontrado mucho en prevenciones y seguridades muy concretas y sectoriales, como la escolar, o en aquellas que escapan a los conocimientos habituales de la gente normal, como cuestiones de salud o de tipo psicológico, aunque en algunos casos se apuntan, como en el caso de la anorexia. Pensamos que están fuera del alcance de un manual introductorio como este y que, por añadidura, son cosas que por su propia especificidad e importancia deben ser tratadas desde el principio por especialistas: pedagogos, médicos, psicólogos, abogados o lo que corresponda en cada situación.

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Los bomberos son los héroes anónimos del mundo, sus acciones salvan vidas en los momentos más criticos. Cortesía: Pixabay

En cualquier caso debemos acostumbrarnos, cada vez que se nos plantee alguna duda sobre nuestra seguridad personal o de las personas con las que vivimos, a consultar con los miembros de los cuerpos de seguridad, de auxilio y salvamento, de extinción de incendios o con los servicios médicos. Son profesionales públicos que, en cada pueblo o ciudad, trabajan para nuestro bienestar, para nosotros, y que nos solventaran cualquier duda: de sus reflexiones y textos han surgido los mejores consejos que vienen a continuación, y solo las más extravagantes o inservibles se deben al autor. Gracias pues a las incontables personas que bajo una bata blanca, subidos a una larga escalera y a pocos metros de las llamas o patrullando en noches desapacibles velan por la seguridad de todos.


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Todo repercute en todo

Si partimos de la base de que sentirse seguro es aquella situación en la cual una persona se siente libre y exenta de todo peligro, daño y riesgo y esta desprevenida y ajena de toda sospecha… si acordamos todo esto, pues, una simple mirada a la prensa diaria nos obligara a conceder que en los tiempos que corren pocos conceptos van a necesitar ser repensados con tanta intensidad como los de “seguridad” o “inseguridad.

¿Vivimos acaso en una sociedad definida por el riesgo? Eso parece, y además nuestra seguridad depende cada vez más de factores alejados de nuestro control. Algunas simples cuestiones nos situaran rápidamente: la injusta repartición de la riqueza en el mundo, los accidentes nucleares, los desastres ecológicos, los distintos fanatismos, las guerras, la violencia en el ambiente, las nuevas enfermedades, los accidentes industriales, el trafico…

Con todo, se podrá objetar: “Vale, la filosofía está bien, pero lo que me preocupa en realidad es la inseguridad de mi barrio, el ambiente de la universidad o las diferentes drogas que pueden causar al violencia y se consiguen en cualquier lado”.


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No hay por qué negarlo: todo ello es cierto. Y aún hay más: si afinamos bien el oído escucharemos voces más débiles, perdidas entre el ruido del nivel de vida de la mayoría, que tienen sus propios problemas de seguridad. Mujeres que viven auténticos infiernos de violencia en la intimidad de sus hogares, abuelos solos, en pisos insalubres y con pensiones de miseria, parados de más de 45 años, niños constantemente en las calles, lejos de la luz de las escuelas, hombres y mujeres que abandonan sus países para intentar vivir con dignidad y que solo encuentran explotación y racismo; ciudadanos y ciudadanas de otros lugares del mundo que ven como sus gobiernos gastan en armas y policías lo que debería invertirse en sanidad y educación, y así hasta completar una lista que todos sabemos que es larguísima.

Ante todo esto no podemos caer en el error de entender que los dos niveles de seguridad no tienen nada que ver, que son independientes: en una sociedad como la nuestra, inmersa como esta en un complejo proceso de globalización, nada es ajeno a nada, todo repercute en todo.

¿Es la seguridad asunto de todos?
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