El hecho de conocernos, de ser conscientes y de tener memoria ha sido a lo largo de nuestra historia, el pilar fundamental de nuestro desarrollo como especie. Desde las pinturas rupestres, pasando por el hecho de desarrollar lenguaje amplio y sutil hasta transmitir el conocimiento en forma escrita, hemos dado pasos gigantescos que nos permiten como especie perpetuarnos en casi todos los ambientes y desarrollar esta hegemónica dictadura sobre el resto de las especies.

Esto, por supuesto, tiene su lado negativo. La sobrepoblación mundial en estos tiempos requiere de una bestial forma de producción, producción que en su seno lleva las claves para el mantenimiento de la forma en que vivimos, y se vuelve contra nosotros al llevar simultáneamente la carrera indetenible de nuestra destrucción. Tópico este último que nos ha planteado la urgente posibilidad de mudarnos como especie a un mundo semejante que permita albergar nuestras ansias naturales de seguir perpetuándonos, volviéndonos en si una especie “multimundos”.

Nebulosa Laguna
Nebulosa Laguna tomada desde el observatorio aficionado de Cerro Pochoco, operado por la Asociación Chilena de Astronomía y Astronaútica a las afueras de Santiago. Cortesía: Wikimedia Commons

Esta idea frenética surge en nuestra civilización del inminente hecho de que nuestra madre tierra está condenada a su destrucción, bien sea consecuencia de nuestras acciones como especie o por mecanismos exógenos, como la futura conversión a una “súper nova” de nuestra estrella, el sol. Por supuesto, estas premisas parten desde lo más profundo de la condición humana. Desde que tenemos consciencia como especie, hemos pretendido realizar hazañas estupendas como conquistar el vuelo, conquistar los mares y (¿por qué no?) el espacio.

Desde el siglo XVIII hemos dado pasos agigantados hacia la comprensión del cosmos, pero hay uno significativamente interesante que nos permite conjeturar y hasta cierto punto sondar la naturaleza de los hombres.

La noche que se descubrió Urano
Se hermana Caroline, ayudando a William en la noche que descubrió al planeta Urano. Cortesía: BBVA Open Mind/Paul Fouché

William Herschell (Hannover, 15 de noviembre de 1738- Berkshire, 25 de agosto de 1822) famoso astrónomo por ser el primero en describir “una curiosa estrella difusa” que era “visiblemente más grande que el resto”, más tarde llamada Urano y correspondería al primer planeta descubierto no visible a simple vista. Este grandioso astrónomo (por azar, valga acotar) sería además padre de uno de los científicos estelares resaltantes en la historia de la ciencia, Jhon Herschell.

Sir William Herschell, fue uno de los pioneros en ampliar nuestra concepción del cosmos, a tal punto que se le atribuye el hecho de señalar que:

“Cada estrella es un sol tan grande y brillante como el nuestro… y la luz de cada estrella viaja muy rápido, más rápido que cualquier cosa pero no infinitamente rápido. Su luz demora un tiempo en llegar a nosotros. Para las más cercanas, demora años, para otras, siglos. Algunas estrellas están tan lejos que duran millones de años en llegar a la tierra y para cuando la luz de algunas estrellas llega aquí, estas ya están muertas. En esas estrellas, vemos sólo fantasmas. Vemos su luz, pero sus cuerpos perecieron hace mucho tiempo”

Bien nos recalca el astrofísico Neil deGrasse Tyson en la serie “Cosmos”,  William Herschell fue el primero en percatarse que ¡un telescopio es una máquina del tiempo! y mirar el espacio es igual a mirar al pasado, miles de millones de años atrás.

Una gran capacidad cerebral: Recordar el pasado

Esta curiosa realidad se podría comparar con una de las características más interesantes de nuestra condición humana: la sensacional capacidad del cerebro para evocar el pasado. Sin la memoria, esa espectral masa viva de recuerdos que invaden todos los sentidos, sería probablemente muy complicado haber llegado hasta acá, no solamente como herramienta para la supervivencia y el desarrollo, sino también para la sensación plena del ser humano de estar vivo, de tener una identidad y una historia propia.

Ejemplos de ello en nuestra cultura abundan, ya serán bien recordadas trazos de la pintura de Salvador Dalí, fragmentos en pensamientos de Blaise Pascal, letras de Gabriel García Márquez, Mario Benedetti y por supuesto, un caso emblemático en nuestra América: Jorge Luis Borges.

autoretrato Jose Luis Borges
Jorge Luis Borges y Vasco Szinetar “Frente al espejo”. Caracas, 1982. Cortesía: Szinetar Blogspot

Este último recorrió gran parte de su trabajo para hacer homenaje a este particular sortilegio, pero su grandeza no reside en la elevación de la memoria como herramienta preciosísima, sino más bien del olvido. Ya famoso es su cuento “Funes, el memorioso”, incluido en su libro, “Ficciones” donde relata la asombrosa capacidad de Ireneo Funes, porteño uruguayo para recordar absolutamente todos los detalles correspondiente a algo. Es decir, era incapaz de olvidar.

“Más recuerdos tengo yo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo.”

Jorge Luis Borges.

Nuestra memoria es como la de “Funes el memorioso”

Afortunadamente, nuestro sistema de memoria con asiento particularmente importante en el lóbulo temporal, es capaz de realizar una depuración asombrosa, de manera que seamos sólo capaces de recordar aquellos detalles que nos parezcan importantes, íntimamente ligado a un sistema marcador de emociones. Esto genera una combinación casi mágica de recuerdos  acompañados con sentimientos como la felicidad, el miedo, la melancolía o frustración.

Desde el descubrimiento de la potenciación a largo plazo descrita por Eric Kandel, aporte que le valió el premio Nobel de fisiología o medicina en el 2000, conocemos bastante bien como ciertos estímulos modifican la estructura individual de las neuronas, de manera que el asiento de nuestra memoria se basa en sustratos físico/químicos de nuestro cerebro, a la vez de que el olvido, siendo la contraparte de este sistema, tiene también su sustrato.

Este funcionamiento garantiza que el mecanismo para recordar (la memoria) vaya cargado durante nuestra vida de datos realmente útiles, en base a su uso, es decir, en base a su constante evocación.

Kandel premio nobel
Eric Kandel, premio Nobel de fisiología o medicina en el año 2000. Ilustración de Joseph Adolphe. Cortesía: Columbia Magazine

No es de sorprendernos que esta cualidad evolutiva, llevada a su máximo exponente en nosotros, traiga adjunta una carga de asombro y de curiosidad al vernos perplejos por ser capaces de vivir “dislocando la cabeza para mirar atrás” buscando luces que nos alumbren el futuro, y nos permitan predecir nuestro destino. Justo en este punto nos volvemos astrónomos aficionados como Herschell, mirando astrolabios para determinar la posición coherente del pasado, que se nos presenta como un fantasma con recorrido de mucho tiempo, en nuestro presente.

Así, la memoria ha venido a constituir en nosotros ese gran misterio y delicadísimo artefacto que nos permite sabernos vivos, que con su intrincado sistema nos permite recordar y olvidar, dándole carácter trágico a aquellos que la pierden inexorablemente.

“A medida que nos acercamos a la muerte, también nos acercamos a la tierra. Y entonces recordamos un árbol, la cara de algún amigo, un perro, un camino polvoriento en la siesta de verano, con su rumor de cigarras y arroyito. Cosas así, no grandes cosas, sino pequeñas y modestísimas cosas, pero que en ese momento que precede a la muerte un hombre solo puede defenderse con recuerdos, tan angustiosamente incompleto, tan transparente y poco carnal, de aquel árbol y aquel arroyito de la infancia.

Y así nos es dado ver a muchos viejos que casi no hablan y que casi todo el tiempo parecen mirar a lo lejos, cuando en realidad miran hacia dentro, hacia lo más profundo de su memoria. Porque la memoria es lo que resiste al tiempo y sus poderes de destrucción, y es algo así como la forma que la eternidad puede asumir en ese incesante tránsito.

Y aunque nosotros (nuestra consciencia, nuestra dura experiencia, nuestros sentimientos) vamos cambiando con los años, y también nuestra piel y nuestras arrugas van convirtiéndose en prueba y testimonio de ese tránsito, hay algo en nosotros, allá muy adentro, allá en regiones muy oscuras, aferrado con uñas y con dientes a la infancia y al pasado, a la raza y a la tierra, a la tradición y los sueños que parece resistir ese trágico proceso: la memoria, la misteriosa memoria de nosotros mismos, de lo que somos y lo que fuimos. Sin la cual esos hombres que la han perdido como en una formidable y destructiva explosión de aquellas regiones profundas, son tenues, inciertas y livianísimas hojas arrastradas por el furioso y sin sentido viento del tiempo”

Ernesto Sábato. Sobre Héroes y tumbas

Somos astronautas del pasado sin percatarnos, vivimos de los recuerdos que nos alumbran la existencia, es decir, somos nuestra memoria.

Escrito por: Mario Riera

Todos somos astrónomos: Oda a la memoria
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